martes, 28 de febrero de 2012

Pergamino

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Las palabras entrañan un universo, atisbo cenital en el que es posible el instante fecundo de la inspiración, la ensoñación ilímite, el encuentro que concierta el azar, la comunión de empatías más allá de las distancias y del tiempo, en una consonancia  polifónica en la que el vértigo de la belleza  se consuma en una cofradía de luces y metáforas. 

Pergamino  propone ser un ámbito de diálogo al margen de toda convención, un lugar sin espacio ni tiempo, de intercambio de permanencias e inmanencias, de viaje entre burbujas de jabón, que conjugue en el crepúsculo de la creación y la palabra los senderos polisémicos del lenguaje, la utopía que anida en toda vocación,  el  resplandor que ilumina la más alta ilusión,  cuando la quimera doblega la realidad imponiendo su insoslayable verdad.

Al calor de las letras, el aroma  a café  se resuelve  en poema, prosa y deliquio; pergamino que abraza un sentir de voces,  que convergen de todas las geografías exaltadas de nuestra América,  para consumarse en el frenesí de un cambio sustancial, a través de metáforas de posibilidades paralelas al espíritu, dando  al mundo  de parodias y eufemismos  en el que vivimos la semblanza de nuestros más preciados sueños.

sábado, 17 de octubre de 2009

La niña del paraguas

La niña del paraguas

Caía una lluvia tenue, copiosa, cálida. No era una lluvia de ocasión, de aquellas que se desatan sin importar la estación y que sorprendan al transeúnte cuando regresa a su casa después de una jornada de trabajo, o que es posible contemplar tras la ventana de la casa. Tampoco era una lluvia ácida, frecuente en las grandes ciudades, que corroen las paredes, deterioran los anuncios comerciales y resecan las flores en las plazas públicas. Mucho menos se trataba de una dura lluvia de invierno. Era una lluvia diferente; una lluvia extraña.

Se desprendía lánguida, arrastrastrándose del cielo raso hasta el zócalo como una babosa, embadurnando el decorado gris de la calleja, que la niña trasegaba en un juego inverosímil, comprensible sólo a su cuerpo, en el que pisaba despreocupada las charcas que se formaban en la acera, chilqueteando las paredes con barro, en una especie de danza ceremonial antediluviana, anterior a todo tiempo y memoria.

La lluvia seguía cayendo. Había cierta placidez en su golpeteo pausado y armonioso; pero a la vez cierta insistencia que provocaba ansiedad y angustia. Parecía que no pararía de llover ya nunca más. Acaso nunca había dejado de llover.

El tenue y acompasado sonido de la lluvia se fue haciendo progresivamente grave. Goterones viscosos golpeaban el piso con rudeza. Las rendijas de las alcantarillas se empezaron a taponar con las basuras de ayer. Los desagües de los techos estaban saturados y el agua se desparramaba a raudales por las paredes.

Lo que era un hilillo de agua abriéndose paso por las cunetas se había transformado en un riachuelo, que crecía tan de prisa que era imposible prever que podría ocurrir un segundo más tarde. El cielo parecía un mar roto. Todo estaba desleído como en un ámbito de desamparo. La calle se había convertido en un río en el que se veía chapalear palomas muertas, latas de cerveza, cajetillas de cigarrillos, periódicos de mañana con noticias de ayer, trapos sucios y toda suerte de objetos incomprensibles e inauditos.

Pero cuando todo estaba a punto de sucumbir, a entregarse a la inmutable inercia de la lluvia, a rendirse a la tragedia, la niña dobló la esquina con desparpajo e introdujo su mano en el bolsito de cuero café que llevaba bajo su brazo izquierdo. La niña echó una mirada azulada atrás. En sus ojos brillaba la inocencia como en los días de primavera brilla el sol. La lluvia seguía cayendo. Era una lluvia extraña. Una lluvia de sangre, roja y espesa. Pero nada importaba ya: La niña había abierto su paraguas.

jueves, 8 de octubre de 2009

El rostro de la Fealdad

                                     El rostro de la Fealdad


Con una cara tan fea es imposible ser feliz. Cosas tan simples como mirarse al espejo o ser mirado se convierten en un suplicio, una carga diaria que es inevitable padecer. No es posible adoptar una argucia cualquiera que haga más llevadera el terror de cada día, porque siempre se está de presente ante el propio espejo. Incluso los sueños se hacen pesadillas porque hay sólo un protagonista invariablemente, en el cine mudo donde los otros actores callan de puro horror y el auditorio ha abandonado la sala. Todo entra por los ojos. La belleza que no se lleva por fuera no sirve de nada. Lo único que se lleva por dentro son las tripas, y en ello hay que reconocer sabiduría a Dios y sentido estético a la naturaleza. Se es bello o no se es. No hay otra clasificación. No hay término medio, como no puede haberla entre una Venus de Milo o de Botticelli. Las medias tintas y demás artilugios que la ciencia procura, no pueden alcanzar la dignidad del don natural, realzando aún más una imperfección congénita insoslayable al buen gusto. La belleza es el don más preciado que ha otorgado la naturaleza. Con el es posible procurarse otros bienes como la felicidad y la fortuna. Para obtenerla no es posible valerse de medios reprobables y profanos como vender el alma al diablo, porque el rey de las tinieblas no puede ofrecer algo que no posee. Tampoco sirve reinventar para uso propio un nuevo canon estético, una forma de percepción que suponga el uso de sustancias sospechosas o conocidas como el alcohol, porque se incurriría en un solipsismo más espantoso que la propia fealdad. Hay males que duran cien años. La fealdad es uno de ellos, pues se soporta desde la cuna hasta la tumba. Y en muchos casos es preferible darse muerte a cargar toda la vida con el objeto de la desdicha. Sólo hay algo que puede consolar a un ser humano feo y es la muerte. Después de todo la esperanza es lo último que se gana, y es verdad

viernes, 12 de diciembre de 2008

El Escritor y su sombra

EL ESCRITOR Y SU SOMBRA

Escribo -¿Escribes?-. Escribo estas líneas en este trozo de papel, blanco como mí nostalgia, para conjurar en sus arenas los fantasmas que mi miedo ha dado vida y confrontarlos en singular batalla, con el escudo de mi inteligencia y la espada de mi pluma. –Ingenuo. Te precipitas a las arenas del Coliseo Romano como un gladiador ante el Cesar, esperando los laureles de la Gloria que orlarán tu victoria, pero no eres más que un cristiano que Nerón a condenado a ser el alimento de sus leones hambrientos. Tu nostalgia es blanca como tú inocencia, como tu estupidez. Tú inteligencia es simple ilusión, tu pluma un acicate a mi voluntad. Tus fantasmas son mi propio ego, y tu miedo mi alimento-. ¿Qué ocurre? -No ocurre nada-. ¿Quién mi interpela en incisos? -Son los miedos y los fantasmas que han conjurado sobre mis dominios-. ¿Quién eres? -Soy Cesar y Nerón. Soy tu verdugo-. ¿Cómo puede ser esto? ¡Es imposible! -Nada hay de imposible en los vastos e infinitos confines del Imperio de un papel en blanco-. Debo de estar soñando. –No estás soñando. Estás teniendo la peor pesadilla de tu vida-. Debe ser el cansancio y la noche. Siempre acostumbro a escribir pasadas las doce. –Es el cansancio y es la noche. Y estás en peligro-. De qué peligro se trata. No veo otro oponente que un trozo de papel en blanco, que bajo la luz de la lámpara de noche, luce tan insignificante y frágil, que bastaría un simple movimiento de mi mano para doblarlo, formar una bola con él y arrojarlo al cesto de la basura, olvidándome del asunto por completo. –No es tan fácil como parece. A pesar de mi insignificante apariencia, represento el reto más formidable y trascendental para un hombre: Escribir. Y aunque parezca pueril tal afirmación, puedo asegurarte que en ello se juega el espíritu del hombre y el sentido de su vida y su historia, como quiera que este mundo ha sido construido sobre el papel, que ha permitido la trasmisión y perpetuación de conocimiento desde épocas ancestrales y es sobre sus confines de pulpa vegetal procesada donde se juega su destino. Porque la vida es un papel que Dios a emborronado con los caracteres que le han dado alimento; con su verbo creador-. ¿Quién eres tú? ¿Cómo te llamas?. -Soy el ser que da cuerpo a las palabras y voz a su sentido. Me llaman simplemente papel; pero soy algo más que eso. Soy un ser vivo. El más vivo de todos, porque mi edad son todas las edades a través de la historia escrita. Soy todos los que han escrito, que escriben y que escribirán, desde los pergaminos indescifrables atiborrados de antiguas sentencias y conjuros, hasta la Biblia, el Corán, el Baghavat-Gita, el Popol-vul y todos los Libros Sagrados. Desde Homero y Platón y los grandes clásicos, hasta Goethe y Nietzsche, y toda la literatura universal. Desde las cartas de amor, recetas y recibos de compra o de pago, hasta los más burdos libelos, pastiches o panfletos. Soy todos los seres. Tengo necesidades, alegrías y tristezas; esperanzas, ideales e ilusiones, y de todo ello se ha conformado los más variados tratados, disciplinas y ciencias, tanto ortodoxas como fantásticas. Yo soy todo-. Es absurdo. Como puede un insignificante papel, al que puedo manipular de mil formas, ostentar tan altas pretensiones. Sólo hay una manera de terminar con esta ridícula burla: Escribiendo. Bueno, comenzaremos por el principio: Y yo dije: hágase la palabra. Y la palabra... y la palabra... -Y la palabra ha naufragado en el vasto océano blanco del papel-. ¿Qué ocurre? ¡Por Dios!. –Simple, estás en mis dominios y aquí mando yo y nadie hace nada sin mi autorización y consentimiento. Prueba de ello son desde la ambigüedad, la dicotomía, y la complejidad y oscuridad del lenguaje, hasta las erratas tipográficas, los costos de producción, la demanda y la censura-. Lo intentaré de nuevo. Y yo dije: Hágase la palabra... –No has dicho nada. Nunca has dicho nada. Nunca dirás nada. Eres un simple instrumento con el cual acicalo mi vanidad y adorno con caracteres suntuosos la limpidez de mi cuerpo vegetal. Eres un simple esclavo de mis caprichos, con el cual distraigo mis ocios eternos-. El papel se ha vuelto una especie de tabla ouíja, a través de la cual habla un espíritu cautivo en las regiones de oscuridad y de dolor que hay del otro lado. El papel en blanco se ha convertido entonces en un canal; un canal misterioso, un puente impensable al mundo que hay en el más allá. Estoy en peligro. Su influjo maléfico puede doblegar mi voluntad y apoderarse de mi alma haciéndome su esclavo. No tengo otra alternativa que luchar hasta el final, o convertirme en la sombra que alguien conjura del otro lado del papel con una pluma en mano. –Tú ingenuidad no me sorprende, pero me divierte. Conozco cada uno de tus pensamientos, tus emociones, tus miedos. Nada puedes ocultarme porque anido en lo más hondo de ti mismo; en las canteras más profundas de tu propio ser. ¡Oh escritor! Soy tu sombra, tu temible sombra y lo sabes. Si quieres enfrentarme tendrás que apelar a un arma más poderosa que tu precaria suspicacia, a la que llamas inteligencia-. Entiendo, conozco esa arma. Es un arma más eficaz que cualquier otra que haya inventado el ser humano; y tan poderosa que con ella se puede crear imperios, conquistarlos o destruirlos. Esa arma es el lenguaje. Y con ella esgrimiré el gesto que pondrá fin a tu insolente burla, hiriendo con mi pluma tu limpio cuerpo con una frase mortal: No eres real... He ganado la batalla. Mi oponente ha caído abatido y ha desaparecido en el limbo blanquecino de su amorfa vacuidad. Pero, ahora, no sé de qué lado de la hoja de papel en blanco me encuentro.

jueves, 7 de agosto de 2008

Cuento

CRUCIFIXIÓN

-Revélanos ahora tu secreto, Maestro, ya que pronto morirás y has de resucitar en el reino de los cielos. Gritaba la turba exaltada a los pies del mesías crucificado.

-No es la bondad lo que os enseño. - dijo entonces el ungido -. Pues el hombre no ha nacido para ser bueno.

-No es la claridad lo que os enseño, pues soy sólo yo quien disfruta de su acto.

-No es la compasión lo que os enseño, pues es mi orgullo superior de hijo de Dios el que me ha llevado a exaltar mi amor propio en el sacrificio.

-No es la libertad, la justicia o la igualdad lo que os enseño, ideales pueriles con que los tiranos alienan los mansos rebaños; pues no soy un comunista.

-No es la fraternidad entre los hombres lo que os enseño, pues nunca nadie ha de reconocerse igual a su hermano.

-Es la voluptuosidad del dolor lo que os enseño; concupiscencia superior de la carne y del espíritu, que nos emparienta con Dios, revelándonos el secreto más hondo que anima la marcha tortuosa de la vida y del universo.

Siglos después de muerto y resucitado el redentor, su enseñanza seguía viva en el corazón de los hombres, quienes con pasión construían su historia a sangre y Fuego, haciendo del dolor su felicidad.

martes, 3 de junio de 2008

Afarismos para cibernautas

Aforismos para cibernautas


Y Dios Dijo: Enciende tu computador.

Si Colón hubiera tenido acceso a Google Earth América seguiría siendo un continente ignoto en los libros de historia.

Lo llamaban el viajero inmóvil como en el famoso libre de Michael Turnner, porque nunca se había separado de su computador y sin embargo no había lugar en el mundo que no hubiera visitado.

Conozco el sexo de los Ángeles y las secretas razones de Tiresias para querer perpetuarse en el sexo al que lo condenó Zeuz. Y todo ello lo he aprendido al consultar la página web del Homero Griego.

La esfinge era en verdad un sofisticado programa diseñado por Edipo para enseñar a los hombres los peligros de Internet.

No hay mejor manera de controlar los contenidos perniciosos de la red que apagar el computador.

Hay virus contagiosos y adictivos; pero ninguno de ellos puede compararse con la internet.

Hay un mundo más allá y más acá de nuestros sentidos, al que se puede acceder con un solo clic.

He encontrado la máquina filosófica. Ese fantástico artefacto que los místicos medievales creían que podía resolver todo cuanto se le preguntara. Se llama computador.

Turing es una máquina inventada por un cerebro electrónico.

Ya no es Alicia n el país de las maravillas, sino Alicia en e país de la Internet.

La Internet es ahora el inconciente colectivo de la humanidad.

Nunca nadie había pensado antes de la Internet que comprar y vender fuera tan fácil que vender y comprar.

Internet está en todo; incluso en el baño.

Si no está en Internet no existe: bonita forma de resolver la paradoja que enloqueció a Hamlet.

Si Milton hubiera vivido en nuestra época su obra se habría llamado: El paraíso encontrado.

Hay un oráculo más poderoso que el de Apolo en Efeso; y lo podemos encontrar a la vuelta de la esquina.

La vida privada existe, acaso, en un archivo desconfigurado de un computador.

Las otrora atestadas avenidas estaban desocupadas. Las pululantes ciudades casi desiertas; excepto por el parpadeo monótono y taciturno de los semáforos, que daban vía al viento y a la soledad.
Pero en las caber pistas de la información había congestión y estrés, los cibernautas prorrumpían en improperios queriendo llegar cuanto antes al lugar de su información.

Hoy día sólo existe un único Dios verdadero: el computador; y una sola religión universal: la internet.

Quién puede afirmar con convicción que no sea más que un megabites de información en la cibermente de Dios.

La internet propone, El hombre click.

La internet es un instrumento moderno de la estupidez universal.

Es tal nuestro amor a los computadores que poco falta para que legalicen los matrimonios entre hombres y computadores.

Lo mejor de la internet no es poder decir tonterías; sino evitar que las hagamos.

La terminación ear de la cibergramática no puede entenderse de otro modo que como la acción o efecto de no hacer nada.

La época de los grandes inventos ha terminado. Ahora sigue la época de los grandes encuentros.

Sólo hay dos tipos de personas: Los que están conectados a internet y los que no lo están.

Dios es la internet: está en todas partes.

Rousseau afirmaba que no había democracia posible más allá del alcance de la voz. Hoy día puede decirse que no hay democracia posible más allá del alcance de internet.

Si Hobbes hubiera sabido que su Leviathan se convertiría en una bestia de escritorio, lo habría encerrado en la aldea global.

Hay un solo tabernáculo sagrado: el tablero del computador.

Mientras más conozco la mujer más amo la internet.

No hay nada que por internet no venga.

Primero fue la palabra, y la palabra se hizo bites de información.

Y Bill Gates dijo: creced y compraos un computador.

Sus cuerpos desnudos palpitaban de deseo, el combate ancestral estaba a punto de desatarse; pero no pudieron salvar la distancia que los separaba a ambos lados de sus computadores.

Un cordón umbilical nos une a la fantasía de una inocencia poblada de sonidos y colores. Se llama internet.

Hay un amigo que siempre está ahí. Por supuesto no se trata de un perro.

Como toda religión universal, la internet también tiene sus herejes: se les llama Hackers.

Incluso los revolucionarios encuentran una satisfacción cuando se cae el sistema.

Internet es salud: sólo nos faltaba eso.

En internet es posible encontrar todo; incluso nada.

En el mundo actual gran parte de las desavenencias conyugales tiene como único motivo la internet.

lunes, 5 de mayo de 2008

Un Cuento para una tarde de Apocalipsis

EL ESPEJO DE DIOS


- ¿Quién eres tú? -preguntó con voz sibilante, que parecía el rumor insinuante del agua cuando nace en lo alto del monte.

- ¿Quién? ¿Yo? -replicó, sorprendiéndose de su propia voz.

- ¡Santo Dios! Tanto tiempo juntos y es la primera vez que lo escucho hablar. Supongo que es la Ciencia. En esta época ya no puede uno asombrarse de nada. Primero fue el motor de combustión; después vino la luz eléctrica, la radio, la televisión, la penicilina; luego los anticonceptivos, el amor libre, el rock and roll y la aspirina; más tarde apareció la Internet, los estimuladores sexuales, los asesinos en serie con armas de destrucción masiva, el viaje a las estrellas y ahora esto. Sabe Dios a dónde iremos a parar a este desaforado ritmo. Poco falta para que a estos desalmados locos les de por inventar una mujer que no eche cantaleta y sea además inteligente y fiel, una píldora de acción inmediata contra el remordimiento y la culpa con sabor a menta, un detector de verdades, un método práctico para encontrar lo que no se ha perdido, algún repelente alcanforado contra impuestos, una máquina para hacer dinero fácil que no haga mucho ruido, un auto último modelo color beige que use el propio afán de combustible, una bola de cristal con conexión a la Internet para conocer los números ganadores de las loterías y efectuar desde la casa las apuestas, un preservativo contra el amor, unas gafas de visión nocturna para detectar políticos corruptos, curas degenerados, intrigas y calumnias y, sobre todo, a la mujer del prójimo en paños menores, una máquina para darse muerte de manera indolora, una línea psíquica a Wall Street y el Pentágono, o alguna otra canallada más estrafalaria aún como la cura contra el cáncer o la impotencia, el elixir de la eterna juventud, algún remedio para la felicidad que no de guayabo y sea más efectivo que el agua bendita, el paraíso terrenal sin necesidad de cuota inicial y fiadores con propiedad raíz, el agua tibia, que sé yo.

Con Gran devoción se santiguó. Se procuró tres sacudiditas mientras invocaba la Divina Providencia. Maniobró su inseparable compañero para que se acomodara a las circunstancias y cerró la cremallera de su pantalón de dril marrón, cuidando de no rasgarse con el cierre. Su acuciante necesidad estaba evacuada. Ahora era de nuevo un hombre satisfecho.



- ¿Quién eres tú? -instigó la voz de nuevo a sus espaldas, con una cadencia arrulladora de sigilosa ondulación, que parecía abrirse paso entre una enmarañada espesura de cristales.

- Debo estar volviéndome loco –musitó- luego de voltear súbitamente la cabeza sobre sus hombros, inclinando ligeramente el torso para sorprender a quien susurraba a sus espaldas, pudiendo constatar que no había nadie allí, salvo él mismo mirándose desde el espejo del tocador. Recordó que las personas esquizofrénicas suelen escuchar voces que le hablan al oído cosas inverosímiles, incitándolos muchas veces a cometer actos inauditos como el Daimon de Sócrates. Por supuesto que él no creía en tales patrañas (y más le hubiera valida hacerlo); pero aquello le pareció, en verdad, absurdo. Intentó serenarse, ensayar una interpretación menos sofisticada, más cristiana. Pronto comprendió que era completamente inútil fatigar la mente con tales sandeces.

Seis pasos, acompasados, lentos, lo acercaron al tocador del baño. Con un movimiento premeditado abrió la llave de surtidor. Una sensación de alivio recorrió todo su cuerpo y se empozó en sus ojos al sentir el ceceo sibilante que emitía el agua al brotar de la fuente a borbotones, formando una cascada traslúcida y uniforme que se despeñaba contra el fondo blanco del lavamanos. Casi sin pensarlo hundió ambas manos en el chorro del agua. Estaba deliciosamente fría. Apropiada para recobrar la serenidad y el buen juicio -pensó- mientras veía como el agua se escurría entre sus dedos. Tomó la barra de jabón en su mano. Estaba desgastada y reblandecida, y su olor lavanda apenas se sentía. Se esmero por jabonar su anular izquierdo. Acaso podría tener suerte esta vez y lograr retirar la sortija de matrimonio (que llevaría hasta que la muerte la separase de su dedo, pues sus manos se habían hecho regordetas y su dedo se estaba poniendo morado por la obstrucción de la circulación). Lo único que logró fue constatar una vez más que sus manos se hacían progresivamente más rugosas y amarillentas por la resina del tabaco y el trajín, y esto no se removía con agua y jabón.

Luego de lavar escrupulosamente sus manos se refregó la cara con empalagoso deleite y abundante agua, mascullando al tiempo frases inconexas de cuentas por cobrar hechas tic verbales, muletillas quejumbrosas de viejo amargado, y el estribillo de un tema de Louis Armstrong que logró deslizarse hasta allí, para unirse a su canturreo entrecortado y gangoso de bajo aguardientoso (que pese a todo lograba asimilarse a la voz carrasposa del Rey), y que adobaba las muecas pronunciadas de su rostro, de natural amarillento y mohíno, que se iba despojando, como de una segunda piel de oficio, de la capa de sudor pegajoso y salino que la recubría, corriendo cuesta abajo desde la altiva frente a través de los sinuosos canaletes que forman las arrugas y el tiempo, para confluir en la frondosa barba cetrina, desde donde se escurría precipitándose en el curso artificial del desagüe, para esfumarse por completo en un turbio remolino gris al interior de una oscura rendija mohosa y oxidada, en medio de un tétrico sonido de embudo y húmedas cavernas, que era fácil asociar a las cucarachas y demás bichos que salen de aquellas guaridas nauseabundas para infestar cada rincón de la noche con sus fantasmales presencias.

Casi de inmediato dio curso a la segunda parte de su meticulosa rutina aséptica, extrayendo del delantal de oficio, el mismo que apresuraba a ceñirse siempre al iniciar su jornada diurna poco después del medio día, su imprescindible toalla blanca (ya que no le gustaba de ningún otro color), de las que su mujer le había regalado media docena recientemente, bordadas con su nombre completo a fin de evitar las confusiones innecesarias que siempre le disgustaban, y que se colgaba invariablemente en su hombro izquierdo para poder enjugar su frente con mayor facilidad en medio de sus ajetreados quehaceres.

Primero la desenvolvió en toda su longitud tomándola de dos de sus puntas, la extendió como una cortina y la sacudió un par de veces, queriendo remover el polvo que acumula del mostrador. Luego la tendió sobre ambas palmas de las manos y la plegó en su cara como un sudario, ciñendo con sus dedos los relieves de su rostro, concentrando en principio su escrupulosa labor en los rebordes de sus ojos, bajando espaciosamente por los surcos que prefiguran los contornos de su nariz, deteniéndose en los orificios nasales desde donde inició un movimiento circunvalar en torno a la boca en ambos sentidos, cuidándose de secar bien las comisuras de sus labios, en cuyos meandros confluyen por igual baba y barba. Seguidamente dobló a la mitad la toalla y con un movimiento deliberado y metódico limpió una a una sus orejas, aplicándose primero a los canaletes del pabellón auricular, en una especie de movimiento de embudo que lo condujo al orificio de entrada de oído externo, verificando allí que no hubiera ningún pedazo de cera obstruyéndolo, para cerrar la limpieza de esta sección de la cara en la poblada barbilla, que estilaba aún y a la que llegó, en ambos sentidos, abriéndose paso a través de la indómita y pululante barba de sus graves mandíbula. Por último dobló de nuevo su toalla blanca, reduciéndola a una pequeña cuadrícula, la volteó por su lado más limpio, y empezó a enjugar su frente con un movimiento premeditadamente laborioso, que parecía compartir con el pensamiento algo de su complejo mecanismo, de su simplicidad milagrosa, de su ritmo incomprensible.

Al término de esta parsimoniosa ablución, que para un observador neutral habría parecido desesperante e inútil, y que era uno de los pocos rituales que le permitía su atareada vida y que siempre realizó con cierta devoción -dijéramos sagrada, porque lo retrotraía involuntariamente a aquella Época Dorada de su juventud, cuando era Nadaísta y practicaba sin resquemores el amor a la naturaleza, la rebeldía, el sexo libre y las drogas-, llegaba a la inevitable conclusión:

- ¡Por Dios! ¡Me estoy quedando calvo!

Pensó que debería apelar como último recurso a los implantes capilares o resignarse a tener una frente más amplia de lo normal, por que había ensayado toda suerte de menjurjes, dado su calva a lamer a un ternero, se había echado agua bendita levantando un humero tras sus orejas y hasta había hundido su cabeza en una pasta fresca de estiércol de vaca, siguiendo una receta que su esposa heredó de la maldita bruja de su suegra y con la cual lo único que logró fue ser perseguido por un enjambre de mosquitos ponzoñosos hasta el río más cercano, en el que por poco se ahoga esa tarde de mayo que hubo crecida.

- ¡Son todos unos estafadores! -tronó- haciendo ligeros cálculos del dinero que había perdido en tratamientos inútiles y el dinero que le costaría procurarse otros diferentes, por que lo único que tenía claro era que no se resignaría a ver su cabeza convertida en un estéril campo en el que no creciera otra cosa que el remordimiento o la desesperación. Y saber -pensaba- que por esa época del festival de Ancón en la Miel (donde contrajo por primera vez la sífilis y conoció la marihuana y el L.S.D.) lucía yo una larga y ensortijada melena sobre mi poncho a rayas blanco y negro, que era la envidia de cuanta mujer la veía, y motivo de aplauso de todos mis mugrosos amigos hippies.

Tal vez sea el sombrero -pensaba- su eterno sombrero que ahora usaba de ala corta, el cual perdía, volvía a encontrar para perder de nuevo, descubriendo las más de las veces que se hallaba sentado en él, mientras pensaba en un Aguadeño (el mismo que le valió el epíteto del patriarca, que también le sentaba), que se llevó el río en Caldas cuando empezó a caerse su cabello, sin el cual no podía pensar bien y sentirse mejor y que, según la singular y acaso posible hipótesis de su esposa, que siempre quiso que abandonara ese aditamento de campesino pobre, reseca los folículos filiosos provocando primero un acelerado proceso de envejecimiento y subsecuentemente la caída del cabello. Sin embargo él creía que la causa real de la caída de su cabello, que recogía a puñados del suelo del baño, no era otra cosa que el smoke de la ciudad y, sobre todo, sus permanentes preocupaciones económicas, por más que alegara a su mujer que la cantaleta que le echaba le estaba tumbando el pelo; por que sabía que ella nunca dejaría de hacerlo salvo si se cambiara de sexo. No obstante, estaba seguro que cuando se ganara la lotería, que jugaba religiosamente cada semana, recuperaría sus mechitas, que aunque feitas y con orquilla, eran preferibles a no tener donde estampar esa línea recta al lado derecho que le infundía cierta sensación de identidad partidista, de liberal de raca mandaca, como en sus tiempos de inocencia política, que volvió a recuperar cuando abandonó a los nadaístas, luego de ver a Gonzalo Arango haciendo de las suyas con los pantalones en la mano en la Catedral Metropolitana, y echarse la soga al cuello contrayendo matrimonio allí mismo. Por suerte sus bellos pectorales de arracachero de Fredonia inspiraban aún ese: -mi lindo osito de peluche-, con que su mujer lo consentía cuando quería pedirle alguna cosa (en especial, dinero en rama).

- ¡No me has respondido aún! ¿Quién eres tú, en verdad?

Esta vez la voz trajo a su memoria, de manera fugaz como el amor, el cálido recuerdo de la dulce vocecita con que su entonces novia (ahora su legítima esposa) le decía, recostados de espaldas al tronco del gran manzano, en el jardín donde acostumbraban jugar de niños y empezaron a enamorarse, que lo quería más que a sus muñecas de trapo y a los espejos (que siempre le había gustado por que se veía reflejada en ellos como si fuera una muñeca de trapo).

- Por estos días es fácil perder la cabeza en cualquier inodoro, - musitó, casi en un susurro, sintiendo una suerte de orgullo de animal racional, mientras se mesaba los escasos cabellos que aún le quedaban y hacía el gesto de acomodar la cabeza en su sitio, pretendiendo pasar por alto la situación.

- No puedes ignorarme. No has podido hacerlo antes ni podrás hacerlo después. ¿Quién eres tú? ¡Dime!

- Bueno –prorrumpió, mirando con frío desdén su imagen en el espejo-. Soy un ciudadano de la República de Colombia (no sabía si por desgracia o por mala suerte),de nombre Adán Antonio (y correspondientes apellidos) de cédula de ciudadanía Nº 7.654.321 de Pueblo Viejo, Antioquia. De 1.66 de estatura. Tez trigueña. Señales personales; sólo el pecado original de haberme enamorado y casado con Eva Beatriz (y correspondientes apellidos) con la que tengo dos hijos: el mayor llamado Caín Alonso y el menor llamado Abel Alberto.

- Pero ¿y quién eres tú? -preguntó a la vez Adán, con tono cancino e indiferente, queriendo seguir el juego a su propia imaginación.

- Yo soy la conciencia de ti mismo, tu angustiosa verdad. –replicó la sibilante voz, dando a sus palabras una resonancia que se disolvió en un eco, en una insinuación, en un murmullo, hasta perderse en una profunda lejanía de apacibles mares de cristal y sombra.

Adán tuvo que hacer un ingente esfuerzo por sofocar su risa. No querrá dar motivo a su mujer para que lo sermoneara hasta el cansancio (cosa que hacía a cualquier hora, en cualquier lugar, por cualquier cosa, incluso en el cuarto de baño) por no haber visitado aún el médico para practicarse un examen de próstata, incluyendo esta vez la locura senil al ya largo rosario de agravios y recriminaciones que pacientemente Eva, Eva Beatriz, había logrado reunir viendo las novelas mexicanas y los melodramas de medio día de la televisión nacional, y que no tenía otro propósito que lograr la felicidad conyugal, cuyos aspectos, además del sexual (que se había visto relegado y empobrecido hacía ya bastantes años) involucraba cosas que, de alguna manera, hacían parte de la armonía doméstica, como una lavadora nueva, un nuevo juego de sala, un horno microondas (como el que acababa de adquirir su amiga del Club), una tarjeta de crédito con suficiente capacidad para sus necesidades suntuarias (es decir, ilimitada), y, por supuesto, una liposucción, con la cual pensaba dar a su vida un cambio radical, o, al menos, a su abultado vientre, que gracias a los pastelillos de chocolate que tanto le gustaban (y que era casi un emblema del Club al que pertenecía) le había echo subir en pocos meses un par de tallas (cosa que Eva, Eva Beatriz, estaba lejos de aceptar como la causa real de obvio desinterés de su esposo por ella).

- Recuerdas aquella mañana de abril, -rememoró su imagen en el espejo en tono confidente e íntimo, que semejaba el aleteo apacible de una gaviota perdiéndose en lontananza en su vuelo peregrino hacia sus cálidos destinos en el sur-. Recuerdas que el sol brillaba como nunca mientras tú jugabas en la fuente que hay en el jardín cerca al manzano. Era el día de tu cumpleaños. Entonces eras apenas un niño. Recuerdas que te encerrabas de noche el la buhardilla del rancho a escribir poemas apasionados que a la tarde siguiente recitabas a Eva, tu prima, y ella te decía, sollozando, que le gustaban mucho, pero que tenían que hacer las tareas de la escuela porque de lo contrario su madre la castigaría y no la dejaría regresar de nuevo. Recuerdas que tú le decías que si, que harías todas las tareas, que las seguirías haciendo siempre, los dos juntitos. Recuerdas que una de esas tardes tú la besaste y ella soltó el espejo que llevaba siempre en su mano y se quebró junto al manzano, y que tu miraste su rostro y el tuyo a través del espejo roto y le dijiste que le regalarías otro espejo, que le regalarías muchos espejos, tantos que podría llenar su cuarto de ellos y mirar su belleza multiplicada hasta el infinito. Recuerdas también que ese día te dijo, “te quiero” por primera vez, y que la ilusión del amor se rompió entonces para hacerse realidad, y tú te sentiste el ser más feliz sobre la tierra. Eran tiempos maravillosos en verdad. Tú no podías sospechar que el espejo, ese magnífico espejo de tu dicha, fuera a romperse algún día. Tú no podías sospechar que un día cualquiera se abatieran sobre tu pobre corazón ilusionado todas las tormentas del infierno. Estabas en el paraíso, tu pequeño paraíso. Y allí sólo reinaba la más perfecta armonía. Esa armonía que viste desmoronarse cuando irrumpieran por entre los matorrales, como entre la más espantosa pesadilla, hombres siniestros que gritaban horrendas consignas políticas que más tarde comprenderías, y echaban fuego al rancho sacando a empellones tus padres y asesinándolos a sangre fría delante de los escombros humeantes de lo que alguna vez fue tu hogar. A nadie le has dicho que viste todo desde el palo en el que te hallabas trepado para recoger las manzanas que Eva, tú prima, té pidió que le llevaras para regalar a su profesor de matemáticas. A nadie le has dicho que no pudiste gritar siquiera de lo aterrorizado que estabas, que orinaste tus pantalones como el cobarde que siempre has sido, y sólo así pudiste salvarte de una muerte segura. Todavía en las noches te levantas gritando, creyendo que los asesinos de tus padres vienen por ti para cortarte la cabeza con un machete como hicieron con ellos, y entonces te levantas de la cama sudando a borbotones y controlando apenas tus movimientos convulsos, corres al cuarto de baño, te refriegas con abundante agua fría el rostro como para despertarte de una horrible pesadilla y te contemplas al espejo, desconcertado, y sabes que estas vivo, que apenas conociste a tus padres, que la vida es una mierda y que Eva te ama, y puedes regresar a tu cama y dormir tranquilo, sabiendo que tal vez los asesinos vengan otro día.

¬- Basta. Es suficiente –gritó Adán, empuñando su mano contra el espejo. Luego inclinó su cabeza ante su propia imagen. Sudaba a borbotones y enjugo su frente con su toalla blanca. Nunca había sentido tanta vergüenza de si mismo. Alguien más conocía sus secretos, sus miedos más íntimos, su hondo dolor y se sintió desolado y abatido. Estaba allí, en el lugar más visitado del mundo, mirando el objeto más visto del mundo, en el día más esperado desde el comienzo del mundo, él, el ser más desgraciado del mundo. Pareció por un momento recobrar la cordura. Siempre había tenido la extraña intuición que en el limbo de la incertidumbre y la duda acechan todos los demonios, y anidan todos los miedos. Nunca pensó que tal limbo pudiera tener la forma de un espejo. Pronto lo sabría. El puño que había levantado contra su propia imagen desgarraría ahora la ilusión que siempre quiso romper, hilvanando otra más elaborada y compleja, para construir otra que luego habría de romper también en una especie de laberinto de espejos, de una memoria sin recuerdos.

Fue así que Adán Antonio rompió el espejo, queriendo destruir con ello las sombras que lo acechaban desde su más remota infancia y que el estrépito ensordecedor de los cristales chocando contra el suelo, mezclado con un grito estertóreo que pronunciaba su nombre al otro lado del espejo, le recordó por última vez. Aquello fue para Adán como caer de un sueño a otro sueño, a una pesadilla. Con asombro pudo advertir que su mano no sangraba y no podía explicar de donde procedía la sangre que embadurnaba el montón de cristales rotos. Por un instante Adán no supo a cual de ambos mundos pertenecía, si al mundo de la realidad o al de la ilusión, o si ambos mundos eran en verdad uno solo. Estaba en un limbo vago e impreciso donde todo era a la vez real e irreal, posible e imposible. Tal vez se ha perdido en tal encrucijada de espectros y enigmas, o ha elegido quedarse al otro lado, en ese lugar misterioso y oscuro, en ese cuarto contiguo de sí mismo, donde todo puede ocurrir y ocurre realmente. Nunca lo sabremos. Lo que si logró saber Adán era que todo se había tornado a su alrededor de un rutilante color argénteo. Sus miedos y temores se habían echo impresiones tangibles, y comprendió también que los sueños son igualmente realidades y que los fantasmas son de carne y hueso. Entonces recobró la memoria que esta del otro lado del marco del espejo y que sólo pertenece a nuestra sombra. Esa memoria que recuerda lo que no podemos recordar ya, lo que hemos olvidado, lo que pertenece a sí mismo y por eso es más real, más auténtico, más verdadero, más nuestro.

- ¡Maldita sea! -prorrumpió proceloso Adán, al tener conciencia de su inenarrable acto. Había adquirido la extraña certeza de que el hombre es esclavo de la imagen que hace de sí mismo, de sus propias mentiras. Pero esta certeza era visceral, íntima, profunda; una certeza que puede tener sólo quien la inspira.

- ADÁN -qué te ocurre, preguntó Eva, Eva Beatriz, que al escuchar el estruendo de cristales rotos experimentó un vívido dolor, que se remontaba más allá del recuerdo de aquella tarde estival en el jardín, cuando su espejo cayó de sus manos bajo el manzano, donde por primera vez conoció el amor, y a su único amor.

- NADA -contestó él en medio de un sollozo prolongado y profundo que lo restituyó a si mismo, instalándolo de nuevo en el mundo. Recordó que un espejo roto trae siete años de mala suerte, como decía su mujer siempre que limpiaba alguno de ellos. Pero el tenía 69 años, y pronto cumpliría 70 años de mala suerte. Eso era ya suficiente para él.

Adán quiso retomar el curso normal de sus actividades. Tomó su reloj de pulsera, que había dejado a un lado del lavamanos antes de iniciar sus abluciones; lo miró con detenimiento (eran poco más de las 11 de la noche); hizo un apresurado cálculo del tiempo que había invertido en la operación (invariablemente demoraba un cuarto de hora); se dispuso a darle cuerda con infinita paciencia, sin duda para no estropear el delicado mecanismo, y por último lo ciñó a su muñeca, experimentando la rara certidumbre de que el tiempo estaba comenzando de nuevo. Entonces miró la pared en donde hacía pocos instantes pendía el enorme espejo, que parecía una rutilante burbuja emergiendo de un apacible caldo original, el lado oculto de una bola de cristal plateada, una pupila de luna asomándose por el horizonte lejano donde cielo y mar se unen, y tuvo la sensación de estar del otro lado del túnel oscuro, en el portal misterioso y omnubilante, desde donde todas las manos se tienden para indicar el camino o simplemente para acicalar algo innominado.

No había razones para asombrarse de que un lugar llamado el Edén de los Espejos estuviese abarrotado de espejos. Pero Adán no se sintió asombrado; también se sintió aterrado y fascinado a un tiempo. Era como si hubiese perdido la inocencia, como les ocurre a todos alguna vez en su vida, para encontrarla de nuevo en un espejo. Adán estaba inmerso ahora en el abominable juego de la imagen; en un laberinto de espejos que reflejaba su rostro infinitamente, revelándole las impensables dimensiones de sí mismo, las más insondables posibilidades de su ser.

En ese momento recordó las reiteradas precauciones que el patrón le había indicado tener con su gran espejo, al que llamaba El Espejo de Dios. Se decía que ese espejo había sido fabricado por una cofradía de Francmasones Legendarios, descendientes del mítico alquimista llamado Harim, responsable de la construcción del templo de Salomón, donde también había un espejo en el cual el Rey de los Judíos adquirió la sabiduría que le permitió deslumbrar a la reina de Saba. Se decía que esta cofradía había elaborado el espejo que el Papa de Roma ubicaba al otro lado de la rejilla del confesionario, para hablar con Dios y escuchar sus pecados, en Semana Santa. Se decía que en todo este asunto estaba implicada la mafia Siciliana, un importante cargamento de drogas ilícitas y armas ilegales, varias rutas clandestinas e importantes personajes de la vida pública nacional y el Jet Set internacional, al igual que algunos peces gordos buscados por la INTERPOL para ser extraditados a los Estados Unidos. Se decía, igualmente, que del otro lado del espejo existía un mundo oscuro, una dimensión perdida. Se decía que allí había un Aleph (que habría querido conocer Borges si lo hubiera sabido, cuando vino a visitar la otra Buenos Aires donde murió Gardel y donde realmente siguió vivo). Se dice que los espíritus malévolos usan a menudo ese portal para venir a divertirse algunos días en sus infinitas noches. Se dice que del otro lado es realmente el mundo de los vivos y que del lado de acá es el infierno, el reino del placer sin sentido, de la noche interminable, de la locura y la perversión. Se dice que se escuchan conversaciones acaloradas, reconvenciones, gritos, ruidos extraños y tormentos sin cuento, también disparos, música de Bach y de Heandel y las canciones de Louis Armstrong. Se dice que se han visto altos funcionarios del Estado entrar allí de civil y de uniforme, entre ellos políticos y militares, y salir con sendos maletines repletos, y de otros no se ha vuelto a saber nada en absoluto. Se dice que alguien se había suicidado después de contemplarse en el espejo, que otro había abandonado su vida licenciosa y se había hecho santo, que otro se convirtió en fabricante de espejos, otro se había hecho filósofo, y muchos más decían que los espejos eran los que realmente cambiaban las personas. Muchos creían que aquel espejo era realmente un oráculo, porque vieron a través de él como el presidente de la República ejercitaba los poderes discrecionales y las facultades especiales que le había otorgado el Congreso Nacional en el patio de la Casa de Nariño, ciñéndose al cuello la capa de Simón Bolívar, en lo que pareció un ejercicio de alta política, por que se quebró la nariz contra una cornisa, en pleno tiempo de apertura económica y extradición. Se decía que se había visto el rostro de Dios y del Demonio trenzados en tremenda riña en la Babel del marco plateado del espejo, que se han visto palabras obscenas escritas con labial y con sangre en la superficie del espejo, que se ha visto al cancerbero ladrándole a famosas Top Models que maullaban como gatas en celo en una jaula. Se han visto rostros de presidentes norteamericanos, conspiraciones internacionales, máquinas ilegales para hacer dólares. Se dice que en otro tiempo Gonzalo Arango estuvo allí frente al espejo y supo que aquel era en verdad una máquina filosófica, inspirándose en ello para el título de su Obra Negra. Muchos han leído en los bordes del espejo su nombre verdadero escrito desde el comienzo de los tiempos. Otro la lista de los 144 mil sellados sin encontrar su nombre consignado allí. Se ha visto en el espejo, el espejo de Dios, muchas cosas, tantas como es imposible al lenguaje referir, al tiempo evacuar y a la paciencia tolerar: se ha visto las tablas de la ley construidas sobre el principio de intervención imperialista la traición de Judas representada en Brodway el botín de Poncio Pilatos guardada en las bóvedas del Vaticano el principio y el fin de los tiempos convertido en un virus de computador la gran ramera presidiendo una junta del G7, los calzoncillos de John Lenon en la oficinas de la CIA los pecados de Nixon los archivos del Karma la danza de Shiva los verdaderos culpables del asesinato de Kennedy el lado oscuro de la luna el jubón de San agustín el ombligo del mundo la cara del Alquimista Harim las axilas de la Mona Lisa la manzana de Newton atorada en la garganta de Einstein las poesías que Platón quemó antes de hacerse poeta las novelas de Borges las flores de Epicuro regadas por Boudelaire el Escarabajo Dorado de Póe el trasero de Marilyn Monroe la cara de Pablo cuando cayó muerto por el bloque de búsqueda el tesoro del Dorado la incertidumbre de Heinsemberg el tao del amor y la locura el Mesías abandonando la tierra en una nave espacial rumbo a las pléyades para salvarse del Apocalipsis el Mándala de los tiempos el daguerrotipo de Remedios la Bella el agujero negro de Hawking la baba de la eternidad goteando de la trompa de la nada la Bomba Atómica cayendo sobre New York y Washintong el prepucio del niño Jesús el colapso de los mundos el retrete de Dios las solitarias y clandestinas pasiones de Torquemada los mapas ocultos de Colón la cara de un verdadero extraterrestre llamado Jim Morrison la Fender Estratocaster de Jimy Hendrix la trompeta de Louis Armstrong las bragas de la Madre Teresa el huroborus mítico mordiéndose la cola dentro del intestino del último Mahanvantara el Kali-Yuga hecho un auto de lujo el clítoris de Safo de Lesbos las hojas de un árbol que nadie vio caer en un bosque de la China las puchengas de la Reina Madre la pasión muerte y resurrección de Adolfo Hitler en la paila mocha la Lanza de Longino en las bóvedas de Wall Street los libros filosóficos de Sócrates una silla eléctrica con asiento reclinable las cámaras de Gas con olor a incienso y mirra la lámpara de Diógenes emitiendo luz negra en una cacharrería de Guayaquil la cuadratura del Círculo la solución del segundo teorema de Fermat el Big-Bang la nave espacial de Pacal Votan en los hangares de Roswell los pescaditos de oro del Coronel Aureliano Buendía el teléfono rojo en un aposento de cielo la sandalia de Heráclito ceñida a la planta de la Pata Sola las figuras de Nazca revelando el plan de universo los gigantes de piedra de Pascua haciendo muecas burlescas a un grupo de antropólogos americanos e ingleses la Atlántida perdida en el Triangulo de las Bermudas de las Pirámides de Ghiza la dentadura postiza de Melquíades las pocilgas de la Casa Blanca el Retrato de Dorian Greif el alma que Fausto vendió a Mefistófeles los intestinos de Tutankhamon los gigantes con aspas que enfrentó Don Quijote en singular combate los engranajes dislocados de la máquina del tiempo el minotauro encerrado en el laberinto de un espejo las cloacas del universo los muertos del Palacio de Justicia los calzoncillos favoritos de Fidel hechos con una bandera norteamericana el testamento del Che Guevara los juguetitos eróticos de Freud los arquetipos de Jung la teoría del Caos convertida en un chip de computador la colosal cabeza de Olmeca de la ventana llorando la Corona Imperial Británica ceñida a la cabeza rapada de Six Vicius el río amazonas convertido en una gran anaconda mítica los átomos de Demócrito los Siete sellos de Apocalipsis impresos en tapas coleccionables de gaseosa los ladrillos de Muro de Berlín empleados en la construcción de la sede oficial de la Unión Europea las cartas marcadas del Demonio el ajedrez del azar el ábaco de la avaricia el perjudicador manual de Madame Bovary la nausea cancerosa de Sartre el tambor de hilo del cometa Halley la Sotana del Marques de Sade los Toros del Papa Borgia la necropsia de Leonardo De Vinci después del accidente mortal que sufrió en su máquina de volar imaginaria la retractación de Galileo en la garrocha de la Inquisición el Quinto Evangelio escrito por puño y letra del décimo tercer discípulo los detritos de la hecatombe original la brújula del destino un coro de ángeles interpretando la novena sinfonía de Beethoven antes de ser fusilados por un pelotón de demonios en el infierno bajo el cargo de espionaje las coordenadas exactas del naufragio del galeón San José las pinturas Rupestres de Altamira la estatua de la libertad rompiendo sus cadenas. Se veían tantas cosas y tan terribles que aquel no parecía el espejo de Dios sino el caleidoscopio del Demonio. Probablemente eran ambas cosas a la vez. Sin embargo lo que todos veían de manera regular e inequívoca, era su propio rostro marcado con la señal del pecado, de su pecado, de su inevitable identidad, de su yo; y se empecinaban en limpiar aquella mácula original de criaturas de Dios, aquella onerosa ignominia de Ángeles caídos, lavando su rostro con abundante agua y jabón, ante el tribunal de sí mismos que es todo espejo, en el cuarto de baño que es el lugar de la intimidad más próximo al remordimiento, la nostalgia y la redención. Para eso se va allí, para eso Adán fue allí. Para ver lo que se puede saber, para saber lo que se puede ver, para ser lo que se puede ser: la imagen de sí mismo.


- Te estabas palpando la próstata, que te estabas demorando tanto –dijo Eva, Eva Beatriz, atravesándolo con una mirada recriminante, como la saeta de un Cupido vengativo.

Adán pensó de inmediato en una bandeja paisa bien nutrida, con un chicharrón de cien patas de esos que parecen vivos (mantecoso y carnudito como a él le gustaba); y en una arepa bien redondita y tostada, igual a la que le daba su mujer cuando estaban recién casados.

- No, me estaba mas... –alcanzó a balbucear Adán, turbado como estaba por el recién incidente en su baño.

- ¿Qué? –replico Eva, Eva Beatriz, esbozando una mueca que Adán calificaba de mueca menopáusica, y que era ya si tic característico.

- NADA -contestó ADÁN.

- El que no–nada-no se ahoga-refunfuñó Eva, Eva Beatriz; con una cara de lavadora varada, que para Adán podría calificarla a la perfección.

- ¡Maldita sea! – vociferó Adán, apelando a su muletilla favorita. Había cerrado la caja registradora provocando el estrépito del vil metal chocando entre sí que tanto le gustaba y se había machucado el pulgar. De inmediato se llevó el dedo a la boca. Estaba poniéndose morado.

- ¡Ahí están pintados los hombres! ¡Maman desde que nacen hasta que mueren! ¡Patéticos! - arguyó Eva, Eva Beatriz, sacando a relucir su típico argumento feminista, con gesto de franca complacencia, en la que Adán quería reconocer la actitud típica del perdedor, que en su opinión podría definirse en una sola palabra: Hincha del DIM.

Al punto Adán recogió del cenicero junto a la máquina registradora su siempre encendido tabaco Habanero, que sólo abandonaba para entrar en el cuarto de baño porque creía que allí adquiría un regusto a revolución Castrense, que aprendió a detestar desde el día que tuvo que salir desplazado de su terruño, cuando la nefasta barbarie de la tierra arrasado asoló los campos.

- Siempre con este tizón de condenado en la boca. Pareces un Demonio echando humo y candela - refunfuñó Eva, Eva Beatriz.

Sin menoscabarse en lo absoluto por las reiteradas provocaciones a las que estaba acostumbrado, Adán colgó su pucho en la comisura derecha, como le era habitual, sorbiendo bocanadas plenas en los intermesos que hay entre pieza y pieza (sobre todo si se trataba de las canciones de Louis Armstrong), porque en esos intervalos podía concentrarse mejor en la operación y extraer mayor placer de la inhalación, en lo que constituía su forma natural de medir el ritmo de la noche, la acompasada cadencia que daba armonía a su asquerosa vida. Luego adoptó su característico aire de sabio orondo. Lo último que quería era dar motivo a su mujer para que le soltara una de sus peroratas interminables, que las más veces le producían un tremendo dolor de cabeza y desembocaban por lo general en una elaborada y espantosa cantaleta, que parecía aprender de memoria en las tardes de té con sus amigas del Club, mientras se mecía en su silla de mimbre, cocían algún chisme, un par de pantuflas y un sudario para sus manos (léase guante de lana), y daba forma a alguna de sus desfachatadas conjeturas, inspiradas por regla en sus novelones favoritos, en los que el culpable siempre es el esposo infiel, borracho e impotente; nunca la maldita bruja de la suegra, el amante o la mejor amiga.

Adán conocía harto suficiente la génesis del indeseable asunto. Todo comenzaba casi siempre con una inofensiva mueca menopáusica, que lo más que producía era una comezón en la sexo, en la que se podía adivinar fácilmente un ingente esfuerzo de último momento por repasar su libreto para no cometer ningún error que pudiera resultar costoso al efecto esperado. En cuestión de segundos, las manos ya estaban cruzadas bajo los sendos pechos como victorias exangües, que se veían resaltados merced a este recurso, y apuntaban a quema ropa, con su ampulosa y distendida aureola de cañón. Llegados a este punto era inevitable pensar que la cosa se estaba poniendo maluca, y se ofrecían dos interpretaciones posibles: o la susodicha quería hacer el amor, o quería joder la vida (lo cual, de hecho, significaba para Adán la misma cosa). Lo peor ocurría cuando se llevaba las manos a la cintura con obstinación, y con sus piernas bien sembradas al suelo con tal saña que hasta parecía que le estuviera surtiendo efecto el tratamiento con Jalea Real para la artritis, decía, con voz desafiante y mirando con frialdad y desdén: “Ofendes mi inteligencia”.

En momentos como esos Adán no sabía si reír o llorar o ambas cosas. Su salida habitual a tal atolladero era decirle: “No, mi amor, tu sabes que yo sería incapaz de hacer una cosa así”. Pero estas palabras lograban exasperarla aún más, como si hueliera en ellas algo así como un punzante sarcasmo o una burla despectiva y en todos los casos le sonaban a mentiras de hombre, sucias mentiras, y ahí si se ponía como un tití (según frase acuñada por Adán). Parecía que fuera a echar humo por la boca. Resopla, gruñe, vocifera, revuelve el piso con sus zapatos, no sabe que inventar para hacer sentir su furia incontenible, su prosaica pataleta. Aquel era el punto del no retorno. Lo que seguía era, simplemente, inevitable. Entonces empezaba el calvario: ¿Es que ya no me amas? ¿Quién es ella? ¿Es hermosa? ¿Tiene mucho dinero? ¡Eres un cerdo! ¡Mi madre me lo había advertido antes de casarme contigo! ¡Cómo pude ser tan tonta! ¡Ya verás, impotente! ¡Quiero el divorcio!

Adán no podía imaginar que su sueño de una noche de verano se iba a convertir en la pesadilla de una vida de infierno. Todo era tan bello entonces que nadie podía haber sospechado que nada es perfecto, que el amor es una ilusión que empieza a desvanecerse como la luna cuando ha terminado el plenilunio. De ahí el matrimonio, la dura escuela de la desilusión y el remordimiento. Adán tenía bien aprendido esta lección, en más de 33 años de casado. Y pensar que fue voluntad del hombre el que la mujer llegara al mundo –decía Adán con vehemencia, sin considerar las consecuencias de un mundo habitado sólo por hombres, alardeando de conocer las mujeres, sin alcanzar a comprender que nadie conoce y puede conocer a las mujeres más que la mujer misma. Ese es su misterio y por eso inspiran el amor del hombre, el amor al misterio. Sin embargo, se ufanaba de su incuestionable autoridad en tan escabroso asunto con un regusto amargo en el paladar: Mírenlas. Siempre tan melodramáticas. Entran en situación a la menor provocación, a la más ligera insinuación, al más insignificante agravio, y se despachan en una retahíla de insensateses, en un rosario de estupideces, formando un terrible berrinche del que sólo se reponen, con los ojos vidriosos aún de tanto arrancasen lágrimas, sólo si se ha consentido en todo cuanto ellas desean, así sea una casa en el aire, el mundo entero, la luna y las estrellas. Ahí están pintadas. Su vanidad es infinita, su apetito por todo lo que brille inagotable, su arrogancia de hembra irresistible e irremplazable, absoluta. Esa es su iracunda naturaleza, su facundia caprichosa. Hay que verlas todas emperifolladas yendo a su famoso Club. Parecen gallinas con licencia o brujas con salvoconducto. Sus maneras de mañé son en verdad para no dejar de reír en varios días, quizás meses. No parece caminar sino flotar; y si se digna a posar sus pies sobre el sucio suelo se esfuerzan, casi hasta el punto de sacar una hernia, por imaginar que caminan sobre un suntuoso tapete oriental, aunque sea traído de Maicao. Llaman Club a la guarida donde se reúnen para despotricar del prójimo, de los hombres y, sobre todo, del marido, que pasa de ser un ser humano con dignidad y derechos a convertirse en una bestia mezquina, además de infiel, impotente, desconsiderado, canalla, malvado, cochino, tirano, machista y demás apelativos degradantes y rebuscados. Su filosofía –si nos permitimos hacer concesión de tal término a tan desfachatado barullo de ancianato y de burdel- decía jocosamente Adán, es fundamentalmente una cuestión de calzones.

Se trataba simple y llanamente de reemplazar los tradicionales calzones bordo de olla, también conocidos como mata pasiones –acotaba Adán- por unos pantys seda dental más modernitos, preferiblemente rojos intensos (nunca blancos), lo cual equivale a usar sólo el símbolo del calzón o no usar nada, aplicando así la más elemental lógica Pavloviana de estímulo –respuesta para alcanzar el tan anhelado coito. He ahí el famoso feminismo – dictaminó terminante Adán-. La ruidosa alharaca en la que ya nada importa, cacareo virulento de sirvientas amargadas. Pero los pocos hombres que tenemos gustos redomados a la antigüita, y además bien puestos los pantalones, preferimos el placer de la ocultación, de la insinuación, del pudor, así sea para descubrir al final que en verdad nada importa, nada, que el sexo no es nunca lo que se espera de él, que se trata simplemente de otro hábito absurdo como comer, dormir, cagar, fumar, beber, elegir presidente; que el secreto reside en no pensar mucho en ello, en abandonarse a los impulsos del instinto, a las necesidades de la carne, en una palabra, a ser hombre.

Pero las opiniones de Adán en esta materia iban más allá de estas apreciaciones puramente filosóficas –como los calificaba despectivamente-, y se ocupaba de cuestiones de índole meramente técnicas relacionadas con los aditamentos y/o accesorios de uso privativo del tocador femenino, como la más variada mercadería de menjurjes para la seducción y el placer y las revistas y folletos donde se explicaba como usarlos (arsenal que guardaba con un celo aberrante en el fondo de su baúl de Pandora, vedando su acceso a todo inspector de armas prohibidas); hasta ese tipo de artefactos que constituyen casi la segunda naturaleza de la mujer que son los electrodomésticos, que de alguna manera se convierten en una prolongación de sí mismas, una especie de prótesis u otra empleada de servicio. Hay que verlas –decía Adán a sus compadres con cínica ironía, -como manipulan esas endiabladas máquinas como si fueran un juguetito. Y saber lo costosas que son. Parece que estuvieran barnizando sus uñas o cepillando su pelo. Sin duda tienen vocación para ello. Por eso dicen que los hombres en la cocina huelen a mierda de gallina. Porque es imposible hacer un buen sancocho de gallina y limpiar luego todo sirviéndose de tan complicada instrumentación que precisa un curso completo; y si se exige la sazón también es menester graduarse con honores. O dígame que hombre que se precie de tal puede deducir a simple vista el uso de una de esas guillotinas para plumíferos, esos cuchillos eléctricos que es preciso graduar correctamente para no ser asesinado y para los cuales es recomendable tener un seguro de vida y haber hecho ya el testamente; o esas ollas atómicas que parecen peores que las arrojadas sobre Hiroshima y Nagazaki, una de las cuales mató a una vecina que estaba cocinando unos fríjoles, o esas famosas máquinas de moler que si se descuida uno se lo engulle por completo, o esos botes de basura con claves del menú del día, esos tenedores con selector digital para trinchar la carne, esos palillos dentales con especificaciones zodiacales, o, peor aún, esos lavaplatos de última generación que requieren una modulación exacta del detergente para no romper toda la vajilla, o esos hornos microondas que sólo se accionan si uno se pone a la onda así este más aburrido que el berraco. Y que decir de esas neveras de dos alas que se echan a volar por toda la cocina y retumba como un avión, y si es que se dejan coger no puede dejar uno metida la mano más de un minuto porque se puede sufrir de hipotermia, y además cuenta con sistema de alarma para los uñones del postre y un dispositivo de descarga eléctrica de 120 voltios. Y si los hombres en la cocina huelen a mierda de gallina en el patio huelen a mierda de marrano, porque si se esta mal de calzoncillos o medias para ponerse y se recurre al tendedero, lo primero que se le atraviesa a uno, luego de sortear como en carrera de obstáculos la escoba a control remoto (que además sirve para volar en la noche sobre los entejados) y las trapeadores automáticas, es esa siniestra caja que empieza a resollar, a resoplar, a agitarse, a escupir espumarajos grises que pareciera tener el cólico más hijueputa y después arroja la ropa escurrida, secada, aplanchada y hasta se la ponen a uno las muy atrevidas; pero vaya a ver: que hilacha más limpia que hasta el color desaparece de lo desgastada que queda. Sin dudar tal aparato –asegura Adán- ha sido diseñado para dañar la ropa. Pero eso no es todo. Vaya usted a ver esa condenada aspiradora. Una vez tuve que correrle a una de esas endiabladas arañas que se había vuelto loca hasta el jardín; pero allí me salió persiguiendo la podadora y tuve que treparme a un árbol. En esa ocasión tuvo que venir la defensa civil a rescatarme. El mundo es un lugar inseguro. Ya ni en el cuarto de baño puede sentirse uno tranquilo. O si no miren uno de esos secadores de cabello, graduable en escala que va de brisa ligera a huracán pleno, que de ningún modo puede dejarse caer en la bañera, que ya traen trampolín, para no morir electrocutado; o las toallas de baño con masaje incluido, los jabones que hacen cosquillas para hacer más feliz la hora del baño, los estregadores que muchas veces se sobrepasan y terminan por violarlo a uno, o los inodoros inteligentes que presentan informes periódicos sobre los avances más recientes de la política con fondos de áreas famosas interpretadas por Pavarotti, o esos lavamanos con múltiples opciones de lavado, que incluyen grifos con agua fría, agua caliente, agua panela, agua bendita, aguardiente y hasta agua de mipalo. Sin duda es fácil perder la vida en una de esas casas modernas. Las cosas ya no son como antes, que teníamos que ir a buscar la leña y traer el agua de la quebrada para levantar una agua de panela. Lo único que falta ahora es comer como los astronautas a punta de cápsulas reconcentradas y cagar en la luna. ¡Por Dios! Sin duda el Demonio ha estado implicado en todo esto. Y todo porque las mujeres creen que pueden reemplazar el hombre por un perjudicador de silicona. Pero a pesar de que el mundo necesite pechos y buenas nalgas para sustentar el peso de la vida, ellas solas no pueden arreglárselas sin su mejor compañero. Y si es que se ponen muy fregonas pues hay que darles la pela y listo. Así sentenció en fallo inapelable Adán, haciendo eco de un arraigado machismo, que llevaba en la sangre como herencia ancestral y que era el aspecto dominante de su carácter, su segunda piel.

Por su parte Eva, Eva Beatriz, veía que aún era una mujer deseable a pesar de sus kilos de más, y que merecía un hombre que la hiciera feliz, al menos dos o tres veces en la noche, que la consintiera y le hiciera mimos, que le dijera al amanecer, al medio día, antes del té de la tarde con sus amigas de costurero, y de ser posible antes de acostarse, que la amaba, que la amaba mucho, que la amaba demasiado, que no era capaz de vivir sin ella. Eva, Eva Beatriz, merecía sobre todo, un hombre que le diera dinero, y que no la mantuviera amarrada a la pata de la cama como una esclava asalariada. Eva, Eva Beatriz, veía el hombre de su vida en el espejo de su idílica ilusión; ese hombre que la haría sentir como una reina sobre la tierra, como la musa que el poeta siempre deseo, como la mujer que todo hombre desearía hacer feliz, pero para despecho y congoja de su veleidosa vanidad, su rutilante quimera tenía el rostro de Adán, su media naranja, la otra cara de la moneda con la que Eva, Eva Beatriz, no deseaba comprar ya nada. Tendría pues que resignarse a lavar y remendar esa ropa que hiede a mico recién cogido, aguantar esa roncadera de locomotora obsoleta, soportar aquel asqueroso vicio de mearse fuera del tiesto, tolerar ese aliento a demonio enguayabado, a no desesperar con ese bozo de cepillo de acero, a ignorar esa pecueca que espanta hasta las cucarachas, y mil vejámenes que constituían los hábitos normales de Adán, como afeitarse en la cocina mientras prepara un café, dejando todos esos pelitos en el lavadero; arrojar las colillas de tabaco en las materas y en el inodoro; eructar como dragón en la mesa del comedor después de las comidas; refunfuñar y maldecir por todo: cuando los acreedores lo persiguen como perros de presa para cobrarle una deuda, cuando los negocios no andaban bien, cuando tiene guayabo o cuando le da la gana; pero sobre todo tenía que soslayar la tentación de coger su ropa, recoger los niños y largarse a casa de su madre desde donde haría llegar con su abogado la solicitud de divorcio, cuando Adán le daba por sus retrógradas manías de Hippie que ella creía superadas y se negaba a bañarse, porque según alegaba es inmoral retirar del cuerpo el olor original a Edén primordial; e invitaba a sus amigotes a ver los partidos del verde del que siempre fue fanático empedernido cuidándose de hacer de las suyas sobre los cojines, en la alfombra, en las materas, a saquear descaradamente la nevera mientras gritaban ¡Gol! y se tiran pedos y hablan de las mujeres hasta que el calvario del fútbol que a Eva, Eva Beatriz, siempre le pareció el juego estúpido de unos idiotas persiguiendo un balón por toda una cancha para patearlo, se termina y mandaban por otra caja de cerveza, antes de encender el equipo a todo taco y azar algunos filetes de cerdo en el patio. Eso en el caso de que el caso de que su equipo del alma ganara el encuentro. En caso contrario había que llamar a la policía para que desalojara a todos esos truhanes desvergonzados y pendencieros, porque era presumible que hubiera un muerto.

- Y saber –pensaba Eva, Eva Beatriz- lo feliz que era cuando estaba soltera. La cantidad de pretendientes que me resultaba. Lo deseada que era. Y ahora debo aceptar a regañadientes mi triste condición de mujer doméstica y resignarme a mantequear toda la vida. Al menos eso es lo que ellos creen. Ahí están pintados los hombres. Creen que no los podemos reemplazarlos con un perjudicador de silicona. Que son imprescindibles. Se niegan a aceptar que sin la mujer morirían de hambre en poco tiempo. Que han de chupar teta desde que nascen hasta que mueren, porque son los seres más indefensos que existen en el mundo. Se creen los amos de la tierra porque golpean a la mujer cuando llegan ebrios, pero son nuestros esclavos, siempre lo han sido y siempre lo serán, porque nos necesitan para olvidar su propia insignificancia y sentir que no están solos en su estúpido mundo machista, encerrados en su patético ego, reducidos a la simple condición de sementales y de bestias de carga que arreamos y utilizamos a nuestro antojo.

- Necesitas ayuda profesional-, era la frase más recurrente que se podía escuchar al interior del ring que formaba el bar circular abarrotado de espejos.

Adán sabía de un caso en que el paciente, después de someterse al examen de próstata, y tener que soportar un catéter hurgando en su retaguardia, se había cambiado de bando; y lo último que quería Adán era tener que cambiar la razón social de su trasero. Esto sin considerar los casos que se presentan con harta frecuencia de impotencia y esterilidad, lo cual aterrorizaba realmente a Adán, porque lo que estaba en juego era nada más y nada menos que su virilidad, su orgullo de macho, su autoestima, y a esto no se podía renunciar nunca (así le cortaran las...). Por el momento tendría que soportar los habituales sermones de su mujer, que eran peores que escuchar un testigo de Jehová toda la mañana de un lunes con un guayabo bien berraco. Y todo por tener que recurrir a mano de obra barata. Por suerte, -pensaba Adán- se va a establecer un impuesto a la cantaleta, cuyos recaudos serán destinados para el pago de los servicios de la deuda externa y se esta discutiendo en el congreso de la república la instauración de la figura de Zar anticantaleta, porque la cosa esta cobrando visos de un verdadero problema de orden público, toda vez que las mujeres les da por su berrinche incluso en la vías públicas, creando colosales embotellamientos de tránsito hasta tanto no escancian por completo su amargo licor. Y dicen que son el sexo débil, siendo en realidad más peligrosas que un loco con una varilla. He ahí el dilema.

- Deberías de escribir un libro. Ya sembraste un manzano y tuviste dos hijos. Ahora te falta sólo eso. Incluso podrías hacerte famoso aburriendo a todo el mundo con las aventuras y desventuras del matrimonio bajo el título tentativo de Una Vida en un Día de. Después de todo guerra avisada si mata soldados, solo que mueren sabiendo porque. –Sugirió Caín, Caín Alonso, que estaba en un extremo de la barra fumando como siempre y tomando la especialidad de la casa: un afrodisíaco cóctel de manzanas, llamado el Elixir de la Serpiente, que era servido en sendas jarras plateadas con empuñadura de víbora maldita; y era tan fuerte como el mismísimo veneno de la cobra real, que zigzagueaba alrededor del recipiente tratando de morder la manzana que esta en el fondo. Hay quienes aseguraban que aquel endiablado brebaje era hecho en verdad con jugo de mandrágora y lágrimas de diablo. Otros creían que era una especie de caviar criollo con extracto de amapola y ayahuasca. Sin embargo el secreto radicaba en el proceso de elaboración, que además del zumo de manzanas de la especie que Adán había sembrado en su huerto cuando recibió la noticia –que de inmediato calificó como tragedia- de que pronto sería padre y tendría, en consecuencia, que asumir las responsabilidades y formalizar al fin su relación con Eva ante la iglesia, implicaba la convergencia planetaria de Marte y Venus, los astros de la Guerra y la Pasión, en la decimotercera casa zodiacal de Ofiuco, la noche de luna llena en que se mezcla, en un recipiente cóncavo labrado en un espejo de plata lunar, la esencia Matriz. Tal era la receta familiar, transmitida, según le había escuchado repetir Caín a su padre, a través de generaciones enteras que se pierden en la bruma de los tiempos desperdigadas por el mundo hasta el primer Patriarca, y que Caín sabía que era así porque al apurar aquel elixir hasta el último sorbo podía contemplar, en el fondo de la jarra, el rostro de aquella verdad, su verdad, reflejada en el fino espejo labrado al interior del recipiente. Sólo entonces la magia y el encanto de aquella bebida surtía su efecto trasfigurador, brindando el acceso a esa otra realidad, abriendo el portal a un mundo extraño y fantástico, a un reino de ensoñación y de desvarío donde nadie es y puede ser sí mismo, a un laberinto de identidades que gozan en la confusión y la avivan; a un carnaval de máscaras que es en definitiva el propósito abisal de la noche, la razón insocial de Edén de los espejos.

Caín apuró su primera jarra de elixir y de inmediato pidió otra. Quería seguir contemplando su rostro al final de ese túnel que forma la jarra cilíndrica. Los más ávidos degustadores aseguraban que sólo después de seis jarras se empezaba a descifrar los contornos auténticos del rostro que prefigura el espejo en el fondo de la jarra; pero sólo los más compulsivos amantes de aquella bebida lograban llegar hasta trece jarradas y contemplar la verdad en el fondo plateado de aquel recipiente. Es en ese punto en que todos perdían el juicio o lo recuperaban completamente, reponiéndose casi siempre al día siguiente, con un soberbio guayabo que tenía mucho de la grave modorra del amanecer y un poco de la sabia lucidez del ocaso. Pero los que, sobreponiéndose a si mismo lograban llegar, a si fuese arrastrándose, a la Gran Burbuja estaba a salvo. Allí las fuerzas centrípetas y centrífugas conquistaban el sosegado equilibrio del vértigo. Ese era el gran catalizador de la noche. La máquina abisal del frenesí y la locura: la pista de baile.

Caín veía como daba vueltas en sí misma la Gran Burbuja, que parecía tener su centro en el agujero negro del placer y la circunferencia en los más ilimitados confines de la emoción. Nada era en su inextricable limbo de gravitación cero arriba o abajo, pues todo estaba dislocado e invertido. Toda dimensión era inexistente allí, al igual que toda coordenada lógica o geográfica. Caín pidió otra jarra de elixir, quería prepararse para el abordaje de la Gran Burbuja.

- No debes beber tanto-.
- ¿Cuál es el problema?

Eso mismo habría respondido Adán en otro tiempo. Ahora sabía que Caín había heredado el aspecto más oscuro e impenetrable de su naturaleza. Por eso no dejaba de preocuparle que apurara con tanta avidez jarra tras jarra de elixir, pues él sabía perfectamente los efectos que suele desencadenar tal bebida en caracteres tan compulsivos e impacientes como el de Caín. Pero a Caín lo tenía sin cuidado las caprichosas y ridículas preocupaciones de su padre, al que nunca había concedido autoridad alguna y consideraba como un ser veleidoso y pusilánime. Además no estaba dispuesto a dejarse aguar la fiesta esa noche, cuando todo parecía salir a pedir de boca.

Caín miraba con insistencia a Lilith que reía escandalosamente en brazos de Abel, Abel Alberto. No lograba comprender la obvia complacencia que manifestaba estando a su lado, aunque creía conocer el juego. Caín sentía celos de su hermano. Conocía perfectamente las diferencias que los separaban, zanjando un abismo tan insuperable como el del bien y el mal. Caín era un espíritu ávido y posesivo y un tanto supersticioso. No acostumbraba a cometer una buena acción con su prójimo porque no podía evitar sentirse como un perfecto estúpido. Siempre se había identificado como el malo de la película. Él era el homo homini lupus. Su filosofía no consistía simplemente en un egoísmo racional, sino, además, en un egoísmo irracional, que las más de las veces llevaban hasta extremos de verdadera crueldad, de impiedad, de brutal perversión. Ese era el precio de su felicidad, la esencia de su naturaleza. Abel Alberto era todo lo contrario de su hermano. Siempre que podía hacia una buena acción a su prójimo sintiéndose avergonzado en todos los casos al ser retribuido por ello. Su mayor recompensa era saber que podía ser útil en algo y no ahorraba esfuerzos ni tiempo si estaba en sus manos realizarlo. Abel era una persona generosa y afable, con más cosas que dar que recibir. Podía experimentar ese raro sentimiento de honda semejanza con sus congéneres que lo hacía un hombre tolerante y respetuoso. Abel era el tipo de persona llamada a ser un gran humanista, un sabio, un santo y este superior privilegio irritaba soberanamente a Caín Alonso, simplemente porque era opuesto al suyo, a su mediocre y farisea personalidad que conocía harto bien, a sus aberrantes debilidades que nunca le interesó corregir o superar, ahondando en ellas con una especie de apasionamiento ponzoñoso hasta los extremos de un virtuosismo morboso, de una sádica depuración que el llamaba, simplemente, fortaleza.

- Esos hábitos te van a matar-

Adán estaba muy ocupado pensando en el impuesto al patrimonio artístico de la música de Louis Armstrong, para la que su local se había convertido en santuario, al impuesto de Industria y Comercio, al impuesto predial, al arrendamiento del local, a las vacunas y extorsiones legales e ilegales como el impuesto al patrimonio o al impuesto de paz y de guerra, a las cuotas vencidas de su crédito hipotecario que eran prácticamente impagables, como para preocuparse, incluso, de lo que decían sus propias palabras. La única que alcanzaba a sospechar algo era Eva. Ella conocía perfectamente la rivalidad que existía entre sus hijos pero se preocupaba más de Caín, su oveja descarriada, con quien tenía una confidencia íntima. Sabía que Caín amaba a Lilith y que Lilith amaba a Abel. También sabía que Abel no podría ser feliz con Lilith y que Caín no podría ser feliz mientras Abel se interpusiera. Eva había comentado muchas veces esta situación con Adán, pero él se limitaba a decir que se trataba sólo de cosas de muchachos y se sumergía de nuevo en sus preocupaciones y en sus negocios. Nunca había logrado entender el empecinamiento de sus hijos por una jovencita escuálida y desgarbada a la que nunca hubiera escogido para ser la madre de sus hijos y llevar las riendas del hogar. Sin embargo para Caín, Lilith era una rapsodia en Blue, una lady latina cuyos encantos gustaba repasar uno a uno, sin premura, saboreándolos con deleite en una especie de platónica ensoñación, mientras encendía un nuevo cigarrillo sin filtro con la cusca del que acababa de dejar y apuraba su sexta jarra, pudiendo contemplar en el fondo del recipiente el rostro inalcanzado de su deseo, el rostro de Lilith, el rostro de Abel, el rostro de su propio miedo y de su maldad.

Lilith sabía perfectamente los sentimientos que despertaba y era dueña absoluta de ellos. Sólo le bastaba hacer la menor insinuación para que Caín posara su mirada codiciosa, lujuriante, sobre sus exuberantes atractivos venusino, sobre su contorneada figura de proverbial arquitectura, sus pronunciados pechos que dejaban entrever su madurez exquisita, sus delicadas manos hechas para todo licencioso desvarío, sus irresistibles labios de apetitosa manzana roja, sus cabellos largos, negros y lacios como estambres de noche, su cuerpo canela que parece un oasis tropical en medio del desamparo de la pasión, y sobre sus ojos enigmáticos y felinos que parecían atesorar, más allá de toda insinuación, los secretos más íntimos de la carne y del pecado. Pero lo que más enloquecía a Caín, era ese lunar negro cerca de la comisura derecha de sus labios, que era verdaderamente perturbador y que lograba trastornarlo, sumiéndolo en el más incontrolado deseo, que tenía tanto de ardor como de sevicia.

Lilith disfrutaba a su antojo del poder que ejercía sobre Caín. Le encantaba saberlo retorciéndose de deseo entre sus ropas tan sólo con guiñarle el ojo. Le emocionaba inducirlo al borde de la desesperación y la locura, con sólo fruncir su entrecejo o retorcer sus labios. Amaba atraerlo a su puerto tan sólo para contemplar su agonía al abandonarlo de nuevo a un mar de naufragio. Ella era la serpiente, la verdadera encarnación del mal en el mundo. Por eso Caín la amaba con pasión y con locura. Por eso ella lo odiaba. Ella era quien dominaba, quien dirigía a su arbitrio la voluntad de Caín. Ella necesitaba quien la gobernara, quien pudiera domeñar sus alocados impulsos. Lilith necesitaba un amo. Y ese amo era precisamente Abel. El hombre. El verdadero dueño de sí mismo; y que por ello podía ser el dueño de alguien más, de una familia, de un reino, del mundo entero si quisiera. Él era el domador y Lilith necesitaba un látigo que la doblegara, que la domesticara y la hiciera sentir lo que era en verdad: una hembra. Esa noche formalizaron el compromiso y Lilith quería estar como nunca, porque esa era su noche, la noche, el espejo de sí misma. Así lo habían dicho las cartas esa misma tarde a la hora del té con su madre, así lo habían confirmado sus innumerables álbumes, que contempló con nostalgia como un espejo retrospectivo, antes de salir de su casa; y así lo veía en el espejo de tocador al contemplar su grácil silueta emergiendo como sirena encantada de aquel plácido mar plateado, como una Venus noctámbula saliendo de aquel relicario perlino dispuesta a engalanar la joya del deseo con su rutilante belleza.

- ¿A quién tratas de engañar? No serás feliz con él. Te conozco perfectamente. Eres como yo. –Dijo Caín dejando caer sus palabras como un látigo, mientras emergía lentamente de un rincón del espejo hasta acercase a Lilith y ceñirla por la cintura con la fuerza descomunal que ella siempre había celebrado en él.

- ¡Estas loco! -respondió Lilith en agrio reproche-. Mírate. Sólo eres un pobre hombre. No eres capaz ni de amarte a tí mismo y mucho menos puedes amar una mujer como yo. Nunca has hecho algo que valga la pena. Incluso tu título de abogado es una farsa porque sé que nunca has pisado una Universidad. Eres un fracaso y has querido refugiar tu frustración en el alcohol y las drogas que ya no controlas. Tus peligrosos negocios ilegales en los que estás metido te costarán la vida en cualquier momento. Te secuestrarán, te extraditarán, te harán un juicio revolucionario, te matarán Caín. Además estas incapacitado por naturaleza para hacer feliz a una mujer. –Sentenció Lilith, con una indecible maledicencia sólo comparable con la que lograba experimentar cuando amaba, queriendo humillar su dignidad, herir su orgullo, provocar su ira.

- Abel esta mejor dotado que tú. –Acotó finalmente Lilith, con un suspiro que se desvaneció en un sollozo, perdiéndose en una risita desdeñosa que laceró a Caín.

- Pero yo te conozco. Sé quien eres. –Decía Caín con voz entrecortada que se esforzaba hasta límites inconcebibles por mantener su habitual firmeza y seguridad.

- ¡Basta ya, Caín! No me conoces. Nunca me has conocido. Nunca me conocerás. Lo que hubo entre los dos fue algo pasajero. Un simple capricho, un juego. – decía Lilith con la serena plenitud de un tahúr que juega consigo mismo ante un espejo.

- ¡Eres mía! ¡Nunca serás de alguien más! ¡Te amo! -dijo Caín casi al borde del desespero, dejando caer sus palabras como cera ardiente sobre la piel del alma.

- ¡Nunca! Replicó Lilith con artera sevicia.

Caín trató de retenerla sujetándola de su mano, pero ella se deslizó por entre sus brazos como una sierpe y se escurrió con gran agilidad desapareciendo de allí al instante. Caín quedó solo, como siempre había estado, ante el espejo de sí mismo. Él, que a todos los golpes de la vida había puesto la mejilla izquierda por que la derecha la tenía reservada a la muerte; él, que decía que no había perdido la oportunidad sino que la oportunidad lo había perdido a él, pondría ahora su otra mejilla a otra nueva oportunidad. Sabía que la lucha no había acabado porque no había vencido aún. Y vencería.

Caín desparramó sobre el tocador un fino hilillo de polvo blanco y lo inhaló con un pitillo especial de oro sujeto a su llavero. Luego alzó la cabeza ante si mismo y se miró con minucioso detenimiento. Ese era él. El malo y su discípulo. La dual naturaleza de la ambigüedad. Por un momento no supo quien miraba a quien. De pronto pareció despertar de su letargo, de aquel lapsus de conciencia que encuentra su ámbito de posibilidad en ese vago y impreciso espacio que existe entre el espejo y quien lo mira y tuvo la impresión de que se veía por primera vez al espejo. Caín pudo comprender entonces que son los espejos los que, en verdad, tienen siete vidas. ¿Pero de qué le servía a él saber eso? -se preguntó. Luego salió del tocador de damas. También esa era su noche.

Abel no se inmutó en absoluto por la tardanza de Lilith. Sabía que cuando una mujer se para frente a su tocador el tiempo se difumina en una atemporalidad sin prescripciones, que semeja a la eternidad sólo en el efímero instante que procuran la belleza que han ido a conjurar allí. Y al verla aparecer, abriéndose paso entre la gente y los espejos, supo que era realmente así.

- ¡Estás preciosa! -musitó Adán, embelesado con el lánguido esplendor de Lilith, que atenuaba la noche y los espejos.

- ¡Lo sé! –contestó ella. Si en su mundo de ilusiones y de espejos había una verdad, una certeza, era esta, porque los espejos no mienten y ella amaba a los espejos, se amaba a sí misma sobre todas las ilusiones.

- ¿Me amas? -preguntó ella como en un capricho ingenuo.

- Si, te amo. –Contesto Abel. Si en su mundo de verdades y certezas había una ilusión, un espejo, era este, porque la razón no miente y él no comprendía las extrañas razones de su corazón, el espejo de su alma, porque siempre había despreciados las ilusiones y los espejos por considerarlos extractores ontológicos, portales al no ser, rendijas de la nada, oscuros objetos que el demonio ha dado al hombre para avivar en él el abominable culto a la personalidad, al ego, a la mentira. Abel era filósofo y era el único en su familia que no profesaba una ciega veneración a los espejos. De ahí su incomprensible atracción hacía Lilith, a quien había visto en el espejo de su conciencia mirándose al espejo mientras le decía que lo amaba, desapareciendo luego a través de una ventana hacia la noche, como misteriosa vampiresca. Este era el secreto que encerraba aquella inexplicable atracción; el irresistible misterio que Abel jamás resolvería.

- ¿Bailamos? -sugirió ella deslizando sus manos entre las de él con suavidad y desparpajo, que hacían olvidar la aparente indiferencia y el amargo desdén que fue ganando hasta enamorarla cuando se conocieron en la universidad, antes de que Abel fuera nombrado profesor honorario de humanidades.

- Por supuesto. Está es tu noche. –Replicó Abel al punto, con una rosagada sonrisa en sus labios.

- ¡La Gran Noche! -preciso Lilith, con una emoción que no podía y no quería ocultar.

- Me permite esta pieza, señorita. –dijo entonces Abel con tono galante.

- Encantada, caballero. –Asintió ella, siguiendo el juego al anticuado protocolo que la había aburrido tantas veces en sus tiempos de modelo y de reina, en las tantas pasarelas por las que desfiló sus magníficos atributos artificiales.

La música había empezado a sonar de nuevo. La Big-Bang los Arcángeles interpretaba esta vez un Latín Jazz muy movido. La Gran Burbuja entraba ahora en su estado de masa crítica. Abel y Lilith abordaron la máquina abisal del frenesí y la locura. El tiempo perdió entonces toda su gravedad estadística y el espacio se difuminó en un éter musical. Ahora la fantasía era real.

Los timbales en alocado ritmo encendieron el fuego de una hoguera primitiva con compases salvajes e indómitos en torno al círculo elemental que ha trazado el más arcaico impulso del cuerpo ebrio de la muda impasibilidad de la nada donde el fénix del deseo conjura la conflagración de la locura avivando con su aleteo vertiginoso los más caóticos apetitos de la carne y del espíritus en los alejados y recónditos rincones del ser vedados a la conciencia donde se celebran los bacanales Dionisiacos que abominan de toda sensatez haciendo saltar los frágiles estribos de la cordura que se abandona desbocada a loco frenesí de la pasión acelerando las pulsaciones vitales del cuerpo y de la noche en demencial desvarío y agitando en su cubil la bestia minotauro del instinto ávida de sensualidad y de lujuria en lo más hondo del infinito laberinto de espejos donde Abel desenvuelve al envés de sí mismo el hilo de Ariadna que cubre como un ovillo los irresistibles encantos de Lilith que no podrían salvar a nadie del hechizo inextricable que encierra los pasadizos deleitables del laberinto de su propio cuerpo que en el centro sin centro ni circunferencia de la Gran Burbuja convocando todas las miradas de los espejos porque esa es su noche la noche el espejo de si misma y quiere rendir a sus pies toda ilusión que no sea la que despierta el movimiento hipnótico de sus manos prestidigitando caricias y conjuros a diestra y siniestra en la Itaca Circense donde toda convención es imposible e inconcebible otro dominio que no este sujeto al arbitrio de su abscóndita arbitrariedad a la que nadie en sus alterados sentidos quiere sustraerse como no sea para rendirse con más ímpetu en ellos seguro que las reverberaciones de la negra inocencia son colapso de estrella en éxtasis sobre soles incendiados que dan vueltas en espiral sobre sí mismos tornándose agujeros plateados donde pueden contemplar su rostro ancestral riendo hasta la desfiguración del pecado que se ríe de sí mismo mientras llora de alegría hasta el hartazgo y canta de pasión incontenible al compás del sinuoso vaivén del capricho elemental porque todo allí es desatino y Abel lo sabe bien al perderse en las mil lentejuelas que adornan como cortejo de estrellas aquel plácido firmamento de sedas inconsútil semitransparentes y minimalistas que son magistral obertura a la luna canela del cuerpo desnudo de Lilith que se insinuaba tras los horizontes voluptuosos que forman hondos valles y escarpadas montañas donde se abandonan a su antojo como viento encabritado las menudas cadencias de toda música y las melodías mudas de las que gozan los oídos infinitos al ser resaltada su magia en el Eón que encierra las más rudimentarias modulación armónica porque Litith expresa más que nada las indecibles razones del corazón los descarados silogismos del placer las tautologías indemostrables de la locura encontrando cobijo en sus hondonadas y su nicho natural en los pliegues multiformes adagios fluyendo y refluyendo en el palpitar anhelante de su piel de flor crepuscular que ampara las noches de sus días mustios y corteja la luna celosa de su encanto porque Litith también es la reina de la noche su Noche el espejo de sí misma en el firmamento esférico de la Gran Burbuja donde todo es nada y nada es todo caos ordenado ordenado caos que Lilith ordena que Lilith desordena que Lilith desespera que Lilith tranquiliza y serena porque Lilith es todo y nada en la Gran Burbuja la hembra la bestia la mujer la madre la Diosa el Demonio la ilusión y el espejo en el que Abel contempla su desesperación la imposibilidad racional de la locura la posibilidad irracional de la razón el sinsentido de la atracción que ella controla que ella manipula que ella conduce tornando irresistible incontrolable e impracticable su austera sobriedad su apacible serenidad su frágil y vana cordura el encumbrado castillo de su caro autocontrol que se viene a bajo poco a poco con atronador estrépito ante el embate irresistible y subyugante de unos labios como manzanas apetitosas que le susurraban al oído palabras hechizantes unas manos que lo acariciaban con fruición y sevicia unos ojos que lo poseían sin piedad ni tregua un cuerpo que se contorneaba en ondulante movimiento haciendo estremecer las otrora inexpugnables murallas de su dominio personal y un corazón que palpitaba con desaforado ardor entre sus carnes haciendo hervir su sangre bajo su dilatada piel al saber que el espíritu es tan débil como la carne que todo se abandona al ciego impulso a la fuerza fundamental del instinto a la gravedad del amor a lo más profundo del agujero negro del que emergió en súbita explosión en algún instante del impensable pasado el universo de los sentidos para conjurar en la ancestral ceremonia de la energía el ritual orgiástico de la vida que encuentra incontrolada expresión en aquel santuario de la nulidad en aquella encrucijada del cuerpo y del alma en la Gran Burbuja la máquina abismal del frenesí y la locura el catalizador de la noche la Gran Noche el espejo de los tiempos en cuyo regazo somnoliente el caldo de la vida se agita en un caos institucionalizado en la clandestinidad de la indiferencia y el desdén en la música estrepitosa frenética sensual que exalta el ánimo hasta un exhausto holocausto en las luces intermitentes multicolores hipnóticas que inducen al paroxismo y al exceso en las palabras farragosas estridentes desbordadas que acrecientan la confusión general en las sonrisas incontinentes efervescentes socarronas que invitan al contacto y a la Pandemia en los gestos desinhibidos inescrupulosos lascivos que son retruécanos de la carne y residual materia del espíritu en las maneras descaradamente mundanas concupiscentes abyectas prestidigitación estereotipada del uso en los movimientos volátiles expansivos casi convulsos que son inercia falaz y caída de la piedra de Sísifo al interior de una copa vacía en las miradas atrevidas seductoras superficiales que son ventanas rotas espejos oscuros que no reflejan otra cosa que las pasiones más abominables y atroces en el trafago vertiginoso de los cuerpos excitados licenciosos ardientes que son amasijos de aporías conjeturas inestables y tornadizas de una razón sin sentido balbuceo inconsistente de la causa eficiente en la abotagada promiscuidad de miedos de pasiones de deseos que caldean aquel elaborado laberinto atestado de máscaras de modas de secretos con una febricitante atmósfera de nulidad por un ambiente viscoso a apetitos añejos por un ansia milenaria de abdicar en cualquier rincón donde haya un retrete por un afán desmesurado de vivir de naufragar en cualquier antro tumultuoso donde se pueda fumar beber y comer todos de él y escuchar la música de Louis Armstrong de arder en la paila mocha hasta que los leños del dolor se consuman en placer de colapsar en un orgasmo infinito en un eclipse lubricitante de todos los sentidos en una cálida y húmeda caverna de la intimidad de erógeno estremecimiento de ardor púbico de prohibida libertad en una tempestad genital sobre una sopa primordial de franca alegría en un opíparo cóctel de caótica espontaneidad de tumultuosa agitación de sopor pegajoso con olor a jardín epicúreo a placer desvergonzado y burdamente carnal a ajetreada fruición a orgía desenfrenada a felicidad a pecado a infierno a culpa a ilusión a religión a éxtasis a santidad a trascendencia a inmortalidad a Dios a Demonio a hombre a ti mismo... La noche había llegado al pináculo de su oscuridad se había hecho el espejo de si misma como al principio de todo principio nadie entraba ya nadie salía ya a través de las infinitas puertas que conducen al interior de la Gran Burbuja los elegidos estaban a bordo del paradigma de la entropía bailando desaforadamente como si fuera su última noche su única noche la Noche la noche de los tiempos de la historia de la eternidad y Lilith la hembra la mujer la varona la madre la reina la Diosa el Demonio la ilusión el espejo giraba en el centro de la cámara con sus mil brazos tal si fuera Shiva al final kali-yuga de la profecía que escribió el profeta bajo la luz Prometeica que habrá de incendiar el mundo en el armagedón nuclear cuando se halla consumado la maldición que todos luchaban por olvidar pero que seguía contoneándose como un pabilo al vaivén de su propia llama inextinguible que daba abrigo a todos los seres caídos de sí mismos a su imperfecta imagen y se acogían en su regazo en busca de un sentido y allí al lado de la luz claroscura que emanaba como destellos omnubilantes las mil lentejuelas que tachonaban aquel firmamento agridulce del cuerpo de Lilith Abel se sacudía a su derecha como mariposa blanca que ha abandonado el capullo de sus axiomas racionales para comprobar su imposibilidad lógica en la llama que abrazará sus alas consumiendo su lívida luz y a su izquierda como murciélago negro en su noche negra se hallaba Caín esquivando sus propios fantasmas y el espectro de sus miedos que tienen forma de cucuyos y estrellas tratando de alcanzar la luna negra eclipsada en el centro del agujero negro de sí mismo y Caín y Abel giraron en torno de aquel remolino que se retorcía en sí mismo como huroborus mítico persiguiendo su propia sombra y por un instante eterno fueron uno solo las caras opuestas de una misma moneda de un mismo destino ambos amando la misma mujer en lados opuestos del árbol del bien y del mal ambos trasegando en sentido contrario la única escalera que conduce al cielo y al infierno ambos hijos de un mismo padre y salidos de útero de la misma madre siendo uno solo a ambos lados del espejo del Espejo de Dios ambos amándose y odiándose desde el otro lado de su odio y de su amor ambos comiendo la misma manzana prohibida pero al interior de la Gran Burbuja todo carece de ese precario equilibrio de esa vaga simetría de esa frágil y arbitraria proporción que suele calificarse de perfección y es garantía de una felicidad nominal porque allí nada es lo que parece ser y por eso es real es auténtico es verdadero Caín y Abel llegaron a comprenderlo en aquel momento cuando girando en torno al abismo de sus deseos jalonaban de la mano a Lilith que se inclinaba en sinuoso vaivén a ambos lados como en un balancín en medio del vértigo que producía sus cabezas de hidra fue entonces cuando Caín desenfundó su revolver y disparo contra su hermano a quema ropa hasta vaciar los seis tiros del tambor su mirada estaba inyectada de sangre el acre olor a pólvora quemada avivaba su ira inconcebible y el eco de las detonaciones hacía temblar toda su alma y todo su cuerpo como si de súbito la tierra se desmoronara bajo sus pies hacia los abismos del infierno entonces todo enmudeció por completo como antes de que el mundo fuera creado la máquina abisal pareció haber tocado fondo encallando en el más inmutable silencio Caín blandía aún el arma criminal en su mano temblorosa cuyo brillo reverberaba con siniestro resplandor en cada lentejuela del vestido de Lilith en los espejos que recubrían hasta los más minúsculos intersticios de la Gran Burbuja en las conciencias de todos los que tuvieron la mala suerte de presenciar tan horrendo crimen y en los ojos exánimes de Abel tendido en el piso envuelto en la mortaja de su propia sangre Caín sintió una voz que le decía qué has hecho con tu hermano entonces supo que Dios no existía que lo único que existía era la voz de la propia conciencia el espejo de sí mismo y tuvo miedo por primera vez en su sucia vida tuvo miedo verdadero porque la conciencia también es Dios dejó caer el arma al suelo en ese instante teniendo conciencia de su abominable crimen y se echó a reír con una risita cínica y nerviosa luego inclinó la cabeza sabiendo que nunca más podría volver a levantarla Adán se arrodilló ante el cuerpo de su hijo y miró a través de sus ojos como a través de un espejo su propia culpa su insoportable responsabilidad por el crimen compartido por el pecado original de la paternidad y la descendencia y cerró aterrorizado los ojos de Abel con solo un descansa en paz hijo mío Eva no quiso contemplar tan terrible espectáculo y huyo al tocador de baño a llorar ante si misma las culpas que le correspondían frente al espejo luego saldría a limpiar todo como siempre cuando hubiera reunido las fuerzas suficientes para ello te casarás ahora conmigo dijo Caín a Lilith con desvergonzado desparpajo bueno dijo ella el muerto al hoyo y el vivo al baile confirmó después de todo te pareces a Abel Caín advirtió entonces su enorme parecido físico con Abel que todos reconocían creyéndolos mellizos y se sintió avergonzado luego olvidó el asunto faltaban cinco para las doce.

Había acabado de llegar el patrón. Su camioneta burbuja, que era el símbolo de su opulencia, se estacionó justo al frente del Edén de los Espejos. Todos esperaban su presencia. El conductor, un gorila de intimidante aspecto y un rostro tan negro como el temor que infundía, se acercó a la ventanilla del vehículo. El vidrio polarizado fue descendiendo hasta la mitad, dejando entrever al interior de auto unos ojos brillantes que imponían órdenes con un simple parpadeo. El Patrón abrió la puerta blindada por sí mismo con lenta majestuosidad. Unas relucientes zapatillas del más fino cuero se posaron en el andén, haciendo salpicar el agua de una charca a ambos lados. Poco a poco la grave figura del Patrón fue emergiendo del interior de la burbuja negra con imponente elegancia, pareciendo brotar, en un singular proceso de Mitosis, a la burbuja de su propio mito que lo envolvía como una sombra a donde fuera. Se incorporó por completo. Se ajusto los botones de su costosísimo traje de paño y se dirigió hacia la puerta del Edén de los Espejos, sin molestarse en cerrar la puerta de su camioneta que al instante desapareció de la calle. Sólo su guarda espaldas personales se hallaba parado a la entrada del lugar, mirando a todas partes tras sus lentes de espejo y verificando los rigurosos dispositivos de seguridad que se habían montado con un mes de anticipación para la llegada del Patrón a su guarida preferida. Todo intentaba parecer como si se tratase de un día de fiesta cualquiera.


Al trasponer el umbral de la puerta de espejos en forma de burbuja todo enmudeció ante su presencia. Era el Patrón. En el lugar reinaba una atmósfera enrarecida con un olor a sangre que no le disgustaba y que lo puso al tanto de inmediato de lo que había sucedido. Un gesto de sus labios bastó para que la música recobrara de nuevo todo su ímpetu festivo. Entonces todos los presentes supieron que en verdad era el Patrón, a quienes muchos llamaban el mágico porque aparecía y desaparecía sin que nadie se diera cuenta y sin saberse a dónde, y le abrieron paso como en una especie de cortejo hasta aquel rincón sombrío donde estaba la mesa que sólo él ocupaba, donde podía agazaparse y contemplar desde esa perspectiva privilegiada todo el lugar. El Patrón era el eje de atención esa noche. De él se hilvanaban toda clase de conjeturas imaginarias y fantásticas que robustecían su propia leyenda personal. Lo primero que causaba impresión a los circunstantes era su rostro, invariable e impasible como el rostro del mal, que no parecía cambiar, estancado en la temporalidad de un retrato inmutable, inmune al devenir corrosivo de los elementos, lo cual contrastaba de forma inextricable con sus múltiples facetas que lo hacían prácticamente irreconocible en los diferentes ámbitos sociales en los que se desenvolvía su vida pública y que parecía un espejo de las circunstancias que le imponían sus negocios y que, huelga decirlo, eran tan misteriosos como su verdadera identidad. Muchos decían que el Patrón debía recurrir una vez al final del año al Edén de los Espejos, para renovar allí la misteriosa magia que lo había hecho un hombre enormemente rico, a juzgar por sus maneras distinguidas y por los rumores que siempre suscitaba su nombre. Que tenía una obsesión compulsiva por los espejos. Que vivía en un laberinto de espejos en el cual buscaba, entre los pasadizos de sus vidas pasadas y sus futuras reencarnaciones, su propio rostro. Que era un mago interesado en La Piedra Filosofal, en la momificación de los muertos y que ya tenía un féretro criogénico que lo preservaría hasta que la ciencia lo pudiera resucitar. Otros creían que era un poderoso criminal, que había surgido de los estratos más bajos de la sociedad, abriéndose paso con astucia y violencia, hasta lograr construir un imperio sobre el monopolio casi absoluto de aquello que la sociedad entera repudia y condena y que es objeto de poder y riqueza en el submundo de la delincuencia, mientras recibe los dividendos de tan lucrativa industria. Sin embargo todo aquello no importaba a nadie allí y sólo se limitaban a comentar tales cosas entre dientes, reduciendo todo la más de las veces a la categoría de las cosas que no les concierne y así la rumba podía seguir su curso normal y el sopor de una noche que no tenía otro dueño que el dinero y otro fin que el placer podía prevalecer hasta el amanecer que nadie quería que llegase.

Tan pronto el Patrón se hubo acomodado en su mesa llegó Adán. No sabía como explicarle que su valioso espejo, el Espejo de Dios, se había roto y que había acabado de ocurrir un crimen horrendo en su propiedad. Ni siquiera se atrevía a levantar a su cabeza y mirarlo a los ojos. Entonces, sacando fuerzas de donde no las tenía, alzó sus ojos aún vidriosos, pero antes de que pudiera proferir alguna palabra coherente el Patrón habló:

- Lo sé. Es tiempo de Jubileo.

Entonces el Patrón dijo:

- Limpien todo el lugar y encárguese de cuerpo-. Y de inmediato sus escoltas se llevaron el cuerpo de Abel, utilizando la salida de emergencias que hay contiguo al baño.

Luego el Patrón dijo:

- Traigan el nuevo Espejo de Dios-. Y al punto fue traído por dos sus escoltas el nuevo espejo que se parecía en todo al anterior y que fue fabricado especialmente para reemplazarlo, por la misma cofradía de fracmasones legendarios que lo habían enviado desde Italia, a través de una de las rutas clandestinas e ilegales que sirvió también para remitir su costo en especie.

Después el Patrón verificó personalmente el espejo, cerciorándose de que encajara a la perfección en su lugar y se sintió a gusto con el excelente trabajo. Entonces, sólo ya en el cuarto de baño con aquel misterioso espejo, insufló su aliento, opacando aquella superficie finamente pulimentada que parecía una burbuja emergiendo de un apacible caldo original, el lado oculto de una bola de cristal plateada, o una pupila de luna asomándose por el horizonte lejano donde cielo y mar se unen; y al remover con la manga de su fino traje negro aquella mácula de aliento, el Patrón pudo contemplar su rostro Mágico, su verdadera identidad, mirándolo a través del espejo, del Espejo de Dios y dijo: “Bienaventurados los que viven y dejan vivir, porque de ellos serán el reino de los espejos”. Luego desapareció como siempre a través del marco, envuelto en la burbuja que cubría como una sombra su propio mito.


Entonces sonaron las doce de la noche. El día, el año, el siglo, el milenio y la profecía habían terminado al fin. Miles de detonaciones sacudían los cielos citadinos y todo el mundo se abalanzaba a las calles para celebrar el nuevo día, el nuevo año, el nuevo siglo, el nuevo milenio, olvidar la viejo profecía y dar el feliz año. La primera en salir a la calle fue Lilith, que con una maleta en su mano recorrió media cuadra y regresó casi asfixiada creyendo que el corto trayecto era suficiente para viajar hasta Roma. Caín, quien se había ceñido unos calzoncillos amarillos, que había comprado en el mercado de las pulgas para mayor efectividad, echó candela al año viejo al que llamó jocosamente Jesús Adán. Eva, que salió en busca de todos para que degustaran sus tradicionales lentejas de la buena suerte, echó agua al año viejo porque no le gustaba que a nadie, así fuera un muñeco de trapo, le metieran candela, alegando que eso era cosa de diablos y de inquisidores, en un esfuerzo por tratar de ocultar su nostalgia de aquellos felices tiempos de su niñez en su pueblito natal, y por los muñecos de trapo que aún le gustaban (también por los espejos). A pocas cuadras de allí se escuchaba los chillidos de un marrano que sacrificaban en plena vía pública, en medio de las sirenas de los autos policiales que tomaban posiciones en algunos sitios estratégicos de la calle. Sólo algunos transeúntes avisados lograron advertir que se trataba de un operativo de gran envergadura, sin duda contra un pez gordo, y salieron de allí tan rápido como pudieron para no versen implicados en un posible tiroteo.

- ¡Patrón! ¡Patrón! -llamó Adán a la puerta del bar. Luego entró.

No había nadie allí. Sólo el imponente espejo se erigía en la pared como demostrando que en aquel lugar de la intimidad, tan próximo a la remordimiento, a la nostalgia y a la redención, sólo importaba él y nada más. Adán se acercó sigiloso y se paró justo al frente del gran espejo, El Espejo de Dios, como al principio. Recordó que todos se ven al espejo para reírse de si mismos, otros para llorar, muchos para preocuparse, los más para acicalarse, otros para reflexionar y aclarar sus ideas, otros para amarse u odiarse, pero nadie se para frente a un espejo por casualidad o error, como no fue casualidad y error que Colón trajera espejos a los indios americanos para robarles sus almas y sus riquezas y que Moctezuma viera todo lo que sucedería a través de su espejo negro.
Adán tendió entonces sus manos queriendo aprehender los contornos de su rostro reflejados en la superficie argentea del Espejo de Dios...



... Todo había comenzado de nuevo. Eva puso su mano temblorosa sobre el hombro de Adán y con voz entrecortada dijo:

- ADAN –que te ocurre.
- NADA- contestó.

Un plácido remanso, en un recodo umbrío del río, se había tornado en un claro y sereno espejo en el que Adán sumergió sus ojos curiosos e inquisitivos, rindiendo fácilmente la mansedumbre de las cristalinas aguas a la intuición de su mirada, pudiendo contemplar en el fondo abisal de aquel apacible lago, agitado por las tenues ondas que daban vida a los reflejos, la apabullante visión que abrumó sus ojos como si contemplara el sol de medio día en un verano ardiente, revelando su alma, su secreto. Adán pudo reconocer en la lívida imagen que reproducía el espejo de las aguas la vaga figura que modela su cuerpo, y supo que de alguna manera se trataba de sí mismo. Su cabello enmarañado, aureolado ya por las primeras canas como las cumbres nevadas que se divisan en las más profundas lejanías del norte, su barba frondosa y abotagada como la conciencia de su propia naturaleza, los surcos pantanosos que labran su frente como los que producen las regulares crecidas de los ríos de Edén hacia el sur; aquellos ojos negros y profundos que parecían el último estanque donde abrevaran todos los camellos del desierto al oriente, aquellos labios austeros y agobiados que parecían querer enterrar para siempre en ellos la palabra y el verbo que les dio sentido; aquel rostro erosionado por las arrugas y cicatrices donde se plasma el dolor y la angustia del devenir del tiempo y la debilidad de la carne del espíritu, como los crepúsculos taciturnos que enmudecen más allá de los confines apenas sospechados de occidente. Adán había perdido la pureza original, había renunciado a la belleza esencial, al encanto prístino, a la gracia sublime, escindiendo para siempre su naturaleza entre lo real y lo ilusorio, lo pasajero y la perenne, lo sagrado y lo profano. Hundiendo ambas manos en las mansas aguas, Adán quiso ceñir los vagos contornos de su rostro que veía por primera vez, mientras el agua original se escurría entre sus dedos gravando en la palma de sus manos las huellas de un acto imborrable. Adán comprendió entonces que había cometido un terrible pecado y sintió una sed devoradora e irresistible una sed que todos los ríos y los mares del mundo no podría saciar nunca una sed de vicio y de virtud de placer y de dolor de humildad y de orgullo de pobreza y de riqueza una sed de ignorancia y de sabiduría de miseria y de poder de bien y de mal una sed de ascensión y de caída de mitos olvidados de tabúes anticuados de ídolos de yeso y de metal una sed de rituales absurdos de apoteosis narcisistas de vértigos extasiáticos una sed de sacrificios suicidas de devociones estúpidas de credos de pacotilla una sed de ocaso de disolución de muerte una sed de profetas asesinados de pueblos expatriados de torres de Babel del engaño una sed de tabernáculos enlutados de sermones somníferos de besos traicioneros una sed de plagas genocidas de arcas de la desesperación de cruces de hierro una sed de cálices de la embriaguez de tiaras de la ignominia de piedras lapidarias una sed de garrochas e inquisidores de cruzadas y contra reformas de profecías de sangre y de fuego una sed de elegidos y condenados de sacrificios redentores de resurrecciones carnales una sed de trascendencia aún más allá ilusorio de inmortalidad del verbo de divinidades aladas de absoluta nada una sed de Dios y de Demonios de espejos y simulacros una sed de sí mismo.

Adán sumergió de nuevo su cabeza en las aguas del río atemporal, que devenía sosegado y tranquilo, ondulando rumoroso a través de los apacibles vergeles del Edén primordial, por un instante que dio por primera vez al mundo una idea de eternidad y lavo en sus aguas lustrares toda mácula que ensombreciera la primigenia claridad que su insipiente conciencia, sacudiendo de su mente el sueño primitivo, la modorra original. Se había cumplido el bautizo del miedo, de la ilusión y de la carne. Ahora NADA sería lo mismo. Ahora ADÁN sabía quien era.

Entonces se escuchó una voz tonante que hizo estremecer todo el Edén primordial. Adán levantó hacía el cielo azul pero Eva tapaba el sol con su cabeza haciéndose indistinguible su rostro perdido en la sombra. Era la voz de Dios.

- ¿Dónde estás tú? -preguntó Dios, iracundo.

Adán trató de esconderse entre los arbustos de huerto al saberse desnudo ante la presencia de su creador, y cubrió su sexo con hojas de higuera.

- Oí tu voz en el huerto y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí. –respondió Adán con trémula voz.

- ¿Quién te enseño que estabas desnudo? ¿Has comido del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal que te mandé no comieses? -prorrumpió colérico Dios, lanzando rayos y centellas desde la nube de su inmaculada gloria.

- Si, Patrón. –Dijo Adán con remordimiento-. La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y yo comí. Y he ahí que tuve mucha sed y fui al río a beber agua pudiendo contemplar, en un remanso que se forma en un recodo de la orilla, que estaba desnudo.

- ¿Qué es lo que has hecho? -dijo Dios a Eva, que no se esforzaba demasiado en ocultar tras las hojas de higuera sus magníficos atributos, que Adán empezaba a desear con obsesión posando su mirada codiciosa y lujuriante sobre sus exuberantes atractivos venusinos, sobre su contorneada figura de proverbial arquitectura, sobre sus pronunciados pechos que dejaban entrever su madures exquisita, sus delicadas manos hecho para todo licencioso desvarío, sus irresistibles labios de apetitosa manzana roja, sus cabellos largo, negros y lacios como estambres de noche, su cuerpo canela que parece un oasis tropical en medio del desamparo de la pasión, sobre sus ojos enigmáticos y felinos que parecían atesorar más allá de toda insinuación, los secretos más íntimos de la carne y del pecado; y sobretodo ese lunar negro cerca de la comisura derecha de sus labios que era verdaderamente perturbador y lograba trastornar los sentidos en el más incontrolado deseo, que tenía tanto de ardor como de sevicia.

- La serpiente me engañó y comí. –Respondió insinuante Eva, contoneando su cuerpo como una serpiente, con coquetería y malicia.

- Por cuanto esto hiciste, maldita serás como todas la hembras -sentenció fulminante Dios a la serpiente- sobre tu pecho andarás, polvo comerás todos los días de tu vida y parirás con dolor tus hijos.

- Y tú, dijo Dios a Eva, maldita serás como todas las serpientes, sobre tu pecho andarás, polvo comerás todos los días de tu vida y parirás con dolor tus hijos.

- Y a ti, Adán. –Dijo Dios con grave acento que lo hizo estremecer como si un rayo lo partiera en dos-. Por cuanto obedeciste la voz de la mujer, del engaño, de la ilusión, te condeno a ser esclavo de tus propios miedos, de tus propios deseos y de tus propios fantasmas y ser la imagen de tí mismo hasta que regreses al molde original del que fuiste tomado, pues sólo eres la apariencia de mí mismo y en imagen te has de convertir.

Antes de expulsarlo del paraíso, Dios entregó a Adán un espejo como símbolo perpetuo de su terrible pecado y lenitivo de su propia vanidad, y le dijo:

- Ahora eres un hombre, sólo eso.

Adán se contempló a través de aquel espejo y pudo advertir con asombro el enorme parecido con su creador, que lo hizo a su imagen y semejanza; y abandonó el huerto del Edén sabiendo que también él era un Dios, y que su reino sería el mundo de barro y de ilusión del que fue hecho.

Entonces Eva se acercó al oído de Adán, y en tono insinuante y confidente le reveló el secreto que siempre guarda una mujer.

- Amor mío, estoy esperando tu primer hijo.

Adán supo entonces que era cierto todo cuanto había visto en el espejo de las aguas. También supo que su hijo se llamaría Caín; y que el mundo era una Gran Burbuja tachonada de espejos como una noche de estrellas. Luego abrazó fuertemente a Eva contra su pecho y la besó en los labios, diciéndole:

- Me haces muy feliz. Luego empezaron a hablar de cosas mientras dejaban atrás el huerto del Edén y se perdían en los horizontes del poniente.

- Quiero tener una casita para criar nuestro hijo, que tenga cuarto de baño y también un retrete en donde fijar un espejo. También quiero tener unos calzoncillos como los de John Lenon, para reemplazar este taparrabos de hojas de higuera que me maltrata en la noche.

Eva dijo: ¿Quién es John Lenon?

- No lo sé, pero quiero que los calzones sean amarillos como el sol.

- Y para ti quiero unas bragas como las de la madre Teresa.

- ¡Ya sé! No sabes quien es la madre Teresa pero quieres que las bragas sean blancas como la luna.

- ¡Si, lo sé! -replicó Adán que había aprendido a reír. Es la prima de John Lenon.

- Mi amor, crees que puedas regalarme también unas joyitas que hace muy lindas un joyero cerca de aquí. Estoy cansada de verme así tan desaliñada.

- Claro mi amor. Tú te lo mereces.

- Lo prometes.

- Desde luego.