jueves, 8 de octubre de 2009

El rostro de la Fealdad

                                     El rostro de la Fealdad


Con una cara tan fea es imposible ser feliz. Cosas tan simples como mirarse al espejo o ser mirado se convierten en un suplicio, una carga diaria que es inevitable padecer. No es posible adoptar una argucia cualquiera que haga más llevadera el terror de cada día, porque siempre se está de presente ante el propio espejo. Incluso los sueños se hacen pesadillas porque hay sólo un protagonista invariablemente, en el cine mudo donde los otros actores callan de puro horror y el auditorio ha abandonado la sala. Todo entra por los ojos. La belleza que no se lleva por fuera no sirve de nada. Lo único que se lleva por dentro son las tripas, y en ello hay que reconocer sabiduría a Dios y sentido estético a la naturaleza. Se es bello o no se es. No hay otra clasificación. No hay término medio, como no puede haberla entre una Venus de Milo o de Botticelli. Las medias tintas y demás artilugios que la ciencia procura, no pueden alcanzar la dignidad del don natural, realzando aún más una imperfección congénita insoslayable al buen gusto. La belleza es el don más preciado que ha otorgado la naturaleza. Con el es posible procurarse otros bienes como la felicidad y la fortuna. Para obtenerla no es posible valerse de medios reprobables y profanos como vender el alma al diablo, porque el rey de las tinieblas no puede ofrecer algo que no posee. Tampoco sirve reinventar para uso propio un nuevo canon estético, una forma de percepción que suponga el uso de sustancias sospechosas o conocidas como el alcohol, porque se incurriría en un solipsismo más espantoso que la propia fealdad. Hay males que duran cien años. La fealdad es uno de ellos, pues se soporta desde la cuna hasta la tumba. Y en muchos casos es preferible darse muerte a cargar toda la vida con el objeto de la desdicha. Sólo hay algo que puede consolar a un ser humano feo y es la muerte. Después de todo la esperanza es lo último que se gana, y es verdad