sábado, 17 de octubre de 2009

La niña del paraguas

La niña del paraguas

Caía una lluvia tenue, copiosa, cálida. No era una lluvia de ocasión, de aquellas que se desatan sin importar la estación y que sorprendan al transeúnte cuando regresa a su casa después de una jornada de trabajo, o que es posible contemplar tras la ventana de la casa. Tampoco era una lluvia ácida, frecuente en las grandes ciudades, que corroen las paredes, deterioran los anuncios comerciales y resecan las flores en las plazas públicas. Mucho menos se trataba de una dura lluvia de invierno. Era una lluvia diferente; una lluvia extraña.

Se desprendía lánguida, arrastrastrándose del cielo raso hasta el zócalo como una babosa, embadurnando el decorado gris de la calleja, que la niña trasegaba en un juego inverosímil, comprensible sólo a su cuerpo, en el que pisaba despreocupada las charcas que se formaban en la acera, chilqueteando las paredes con barro, en una especie de danza ceremonial antediluviana, anterior a todo tiempo y memoria.

La lluvia seguía cayendo. Había cierta placidez en su golpeteo pausado y armonioso; pero a la vez cierta insistencia que provocaba ansiedad y angustia. Parecía que no pararía de llover ya nunca más. Acaso nunca había dejado de llover.

El tenue y acompasado sonido de la lluvia se fue haciendo progresivamente grave. Goterones viscosos golpeaban el piso con rudeza. Las rendijas de las alcantarillas se empezaron a taponar con las basuras de ayer. Los desagües de los techos estaban saturados y el agua se desparramaba a raudales por las paredes.

Lo que era un hilillo de agua abriéndose paso por las cunetas se había transformado en un riachuelo, que crecía tan de prisa que era imposible prever que podría ocurrir un segundo más tarde. El cielo parecía un mar roto. Todo estaba desleído como en un ámbito de desamparo. La calle se había convertido en un río en el que se veía chapalear palomas muertas, latas de cerveza, cajetillas de cigarrillos, periódicos de mañana con noticias de ayer, trapos sucios y toda suerte de objetos incomprensibles e inauditos.

Pero cuando todo estaba a punto de sucumbir, a entregarse a la inmutable inercia de la lluvia, a rendirse a la tragedia, la niña dobló la esquina con desparpajo e introdujo su mano en el bolsito de cuero café que llevaba bajo su brazo izquierdo. La niña echó una mirada azulada atrás. En sus ojos brillaba la inocencia como en los días de primavera brilla el sol. La lluvia seguía cayendo. Era una lluvia extraña. Una lluvia de sangre, roja y espesa. Pero nada importaba ya: La niña había abierto su paraguas.