EL ESCRITOR Y SU SOMBRA
Escribo -¿Escribes?-. Escribo estas líneas en este trozo de papel, blanco como mí nostalgia, para conjurar en sus arenas los fantasmas que mi miedo ha dado vida y confrontarlos en singular batalla, con el escudo de mi inteligencia y la espada de mi pluma. –Ingenuo. Te precipitas a las arenas del Coliseo Romano como un gladiador ante el Cesar, esperando los laureles de la Gloria que orlarán tu victoria, pero no eres más que un cristiano que Nerón a condenado a ser el alimento de sus leones hambrientos. Tu nostalgia es blanca como tú inocencia, como tu estupidez. Tú inteligencia es simple ilusión, tu pluma un acicate a mi voluntad. Tus fantasmas son mi propio ego, y tu miedo mi alimento-. ¿Qué ocurre? -No ocurre nada-. ¿Quién mi interpela en incisos? -Son los miedos y los fantasmas que han conjurado sobre mis dominios-. ¿Quién eres? -Soy Cesar y Nerón. Soy tu verdugo-. ¿Cómo puede ser esto? ¡Es imposible! -Nada hay de imposible en los vastos e infinitos confines del Imperio de un papel en blanco-. Debo de estar soñando. –No estás soñando. Estás teniendo la peor pesadilla de tu vida-. Debe ser el cansancio y la noche. Siempre acostumbro a escribir pasadas las doce. –Es el cansancio y es la noche. Y estás en peligro-. De qué peligro se trata. No veo otro oponente que un trozo de papel en blanco, que bajo la luz de la lámpara de noche, luce tan insignificante y frágil, que bastaría un simple movimiento de mi mano para doblarlo, formar una bola con él y arrojarlo al cesto de la basura, olvidándome del asunto por completo. –No es tan fácil como parece. A pesar de mi insignificante apariencia, represento el reto más formidable y trascendental para un hombre: Escribir. Y aunque parezca pueril tal afirmación, puedo asegurarte que en ello se juega el espíritu del hombre y el sentido de su vida y su historia, como quiera que este mundo ha sido construido sobre el papel, que ha permitido la trasmisión y perpetuación de conocimiento desde épocas ancestrales y es sobre sus confines de pulpa vegetal procesada donde se juega su destino. Porque la vida es un papel que Dios a emborronado con los caracteres que le han dado alimento; con su verbo creador-. ¿Quién eres tú? ¿Cómo te llamas?. -Soy el ser que da cuerpo a las palabras y voz a su sentido. Me llaman simplemente papel; pero soy algo más que eso. Soy un ser vivo. El más vivo de todos, porque mi edad son todas las edades a través de la historia escrita. Soy todos los que han escrito, que escriben y que escribirán, desde los pergaminos indescifrables atiborrados de antiguas sentencias y conjuros, hasta la Biblia, el Corán, el Baghavat-Gita, el Popol-vul y todos los Libros Sagrados. Desde Homero y Platón y los grandes clásicos, hasta Goethe y Nietzsche, y toda la literatura universal. Desde las cartas de amor, recetas y recibos de compra o de pago, hasta los más burdos libelos, pastiches o panfletos. Soy todos los seres. Tengo necesidades, alegrías y tristezas; esperanzas, ideales e ilusiones, y de todo ello se ha conformado los más variados tratados, disciplinas y ciencias, tanto ortodoxas como fantásticas. Yo soy todo-. Es absurdo. Como puede un insignificante papel, al que puedo manipular de mil formas, ostentar tan altas pretensiones. Sólo hay una manera de terminar con esta ridícula burla: Escribiendo. Bueno, comenzaremos por el principio: Y yo dije: hágase la palabra. Y la palabra... y la palabra... -Y la palabra ha naufragado en el vasto océano blanco del papel-. ¿Qué ocurre? ¡Por Dios!. –Simple, estás en mis dominios y aquí mando yo y nadie hace nada sin mi autorización y consentimiento. Prueba de ello son desde la ambigüedad, la dicotomía, y la complejidad y oscuridad del lenguaje, hasta las erratas tipográficas, los costos de producción, la demanda y la censura-. Lo intentaré de nuevo. Y yo dije: Hágase la palabra... –No has dicho nada. Nunca has dicho nada. Nunca dirás nada. Eres un simple instrumento con el cual acicalo mi vanidad y adorno con caracteres suntuosos la limpidez de mi cuerpo vegetal. Eres un simple esclavo de mis caprichos, con el cual distraigo mis ocios eternos-. El papel se ha vuelto una especie de tabla ouíja, a través de la cual habla un espíritu cautivo en las regiones de oscuridad y de dolor que hay del otro lado. El papel en blanco se ha convertido entonces en un canal; un canal misterioso, un puente impensable al mundo que hay en el más allá. Estoy en peligro. Su influjo maléfico puede doblegar mi voluntad y apoderarse de mi alma haciéndome su esclavo. No tengo otra alternativa que luchar hasta el final, o convertirme en la sombra que alguien conjura del otro lado del papel con una pluma en mano. –Tú ingenuidad no me sorprende, pero me divierte. Conozco cada uno de tus pensamientos, tus emociones, tus miedos. Nada puedes ocultarme porque anido en lo más hondo de ti mismo; en las canteras más profundas de tu propio ser. ¡Oh escritor! Soy tu sombra, tu temible sombra y lo sabes. Si quieres enfrentarme tendrás que apelar a un arma más poderosa que tu precaria suspicacia, a la que llamas inteligencia-. Entiendo, conozco esa arma. Es un arma más eficaz que cualquier otra que haya inventado el ser humano; y tan poderosa que con ella se puede crear imperios, conquistarlos o destruirlos. Esa arma es el lenguaje. Y con ella esgrimiré el gesto que pondrá fin a tu insolente burla, hiriendo con mi pluma tu limpio cuerpo con una frase mortal: No eres real... He ganado la batalla. Mi oponente ha caído abatido y ha desaparecido en el limbo blanquecino de su amorfa vacuidad. Pero, ahora, no sé de qué lado de la hoja de papel en blanco me encuentro.