martes, 22 de abril de 2008

MI TEMPLO

MI TEMPLO

¡Oh pocilga santa!

Las nueve puertas esfínter
y ventanas orificios
suntuosos de vitrales multicolores
de tu esmerado cuerpo.

La arquitectura anatómica
de columnas óseas
y arcos de libidinal proporción
que sostienen la gloria inmaculada
y el impudor solapado de tu humanidad.

Las naves porosas y velludas,
la consistente musculatura de roble
que es teologal virtud
fortaleza que desalienta todo cisma.

La iconografía sagrada de yeso y de cal,
el halo de idealidad vacía de sensatez
que oculta bajo sus pliegues pálidos y tristes
cicatrices y arrugas que el tiempo
o el agua bendita no pueden borrar.

Las alcancías sin fondo ni vergüenza,
que son la boca y el culo de un apetito animal
el génesis y el apocalipsis de un Armagedón
que hace de la debilidad del hombre
la pitanza preferida de los dioses.

Los veladores encendidos en la oscuridad del miedo,
ojos exangües que ocultan la verdad
que es visible en la noche de un alma
que se sabe concebida en el pecado.

Las prensiles y decrépitas,
guadañas de la compasión y de la muerte,
manos y pies mugrientos
plagadas de hongos infectos
y llagas supurosas.

El pulpito omnipotente y límpido
desde donde se lanzan por igual
bendiciones y anatemas
a una chusma insolente e ignorante
que ama el verbo altisonante y grosero
capaz de penetrar los oídos
taponados con cerumen.

El confesionario ignominioso
donde las ventosidades del sexo
se hacen un comercio impío,
un catálogo aberrante de vicios
que la penitencia absuelve
y la confesión clandestina aviva.

La cúpula de oropel y filigrana
frente serena en la vocación de sus vicios
que se alza hasta el cielo para sobornarlo
con el mentís de una grandeza figurada
que llega hasta Dios para chantajearlo
con el opio de una devoción patética.


Los campanajes de bronce retumbante
que marcan el tiempo del tiempo
el pecado del pecado
la plegaria de una fe somnolente.

La parafernalia ritual del Becerro de oro,
cáliz de vómitos, ostia de espinas,
Armagedón de serpientes ponzoñosas
que trabadas en una batalla interminable,
conjuran el éxodo – apocalíptico
del mito redentor de mi naturaleza humana.

¡Oh pocilga santa!

¡Mi templo, mi cuerpo!