HARTO DE ESPERAR EL FIN
Estoy harto de esperar el fin.
El Apocalipsis no llega y mi paciencia no es eterna.
¿Cuánto más es preciso esperar?
Me siento defraudado.
Milenios enteros preparando el gran espectáculo y nada,
ni siquiera una nube con forma de ángel apocalíptico,
irrumpiendo en el horizonte para anunciar el Armagedón
y entretener mi ocio.
Debo decir que nunca me han gustado los caballos,
porque de niño me caí al tratar de montar uno de ellos
y me quebré una mano y tres costillas.
Por suerte los ángeles del Apocalipsis vienen ahora
en Harley Davidson como dice mi tío;
los llaman los ángeles de Charlie.
Pero a mi tío no hay que creerle mucho,
pues bebe todos los días y es desvergonzado y pervertido.
El plazo señalado ha caducado
y las señales no se han presentado de manera inequívoca.
Me siento indignado.
Quisiera golpear a alguien en ambas mejillas
para apaciguar mi decepción y sosegar mi cólera.
La gran ramera es una negra llamada Rosita,
que me enseñó el amor por los pocos pesos
que llevaba en el bolsillo,
una noche turbia cuando apenas tenía yo trece años.
Aún la frecuento, aunque frisa ya la edad indeseable,
y la generosa dulzura con que me despojó de mis ropas y me decía mi amorcito,
antes de abatir sobre mí su sudorosa desnudez,
ha dado paso a la grave indiferencia que da el oficio,
y en la que creo resumida toda la sabiduría del mundo.
Babilonia es el bar donde trabaja a diario de luna a luna,
y en el que la cerveza es más barata.
Al Mesías lo he visto predicar en el parque Bolívar;
por unas pocas monedas más se baja los pantalones
que siempre lleva un poco sueltos.
Nadie sabe si está loco
o si en verdad se trata del mismo Simón Bolívar,
pero todos gozan con él a sus espaldas.
No tengo nada que probar, nada que declarar;
soy culpable por naturaleza y no me arrepiento.
Ha llegado la hora del juicio y ésta es la hora
que no sé de qué se me acusa.
Yo, que no fui feliz por pereza,
sólo espero que llegue pronto el fin
porque estoy harto.
No he hecho fila para reclamar
el ficho de la salvación.
Los paraísos ultraterrenos no me interesan,
tampoco los terrenos,
y mucho menos los subterráneos.
Se van prolongando los días
y toda visión fracasa con estrépito.
El aceite de mi lámpara
la he empleado para freír las crispetas
que he comido mientras esperaba a Godot.
El arca de la alianza ha sido vista
flotando río abajo por Niquía.
Esa semana los organismos de Defensa Civil
no fueron suficientes para atender la magnitud del desastre,
causado por el diluvio de una niña malcriada y la pobreza extrema.
Mi casa también fue sepultada por el alud de tierra;
ni mi perro pudo escapar a su destino.
Cristo ha hecho su entrada triunfal a Jerusalén
llevando un cinturón de explosivos atado a su cuerpo,
para asombro de judíos y palestinos,
que se pelean un dulce en gaza y Cisjordania.
Las señales anunciadoras las llevo inscritas en mi cuerpo
carcomido por los vicios de la vida.
La puerta que se ha dejado abierta
la he tenido que derribar desde sus cimientos,
porque nunca nadie había logrado cerrarla,
y el hedor que hespedía del otro lado era insoportable.
Las únicas bestias de las que puedo dar fe
es las del atarbán de mi padre,
que me golpeaba brutalmente
cuando llegaba borracho en la noche,
acusándome de ser la causa
de todos sus pesares;
y la del retrógrado de mi profesor,
que siempre pretendió demostrar sobre mis espaldas,
que la letra con sangre entra porque entra.
Marcas de bestia, códigos de barras
dólares falsos: todo es capitalismo.
Echen la culpa a los editores piratas
si se cambia una jota o una tilde a la ley.
Pero por qué me miran así.
Puedo explicar esta marca que llevo en la frente.
Es una lesión que sufrí de niño al caer en el baño
al tratar de esquivar el chorro de agua fría.
¿Y esta imagen y este ídolo?
Bueno, se trata de una representación artística
de mi progenitor,a quien,
a pesar de todo, respeto mucho.
Nada de qué asustarse.
No espero recompensas ultraterrestres;
no he hecho votos para merecer nada,
salvo el desprecio.
No espero que nadie me salve de mí mismo.
Me consumo en la gracia de mis pasiones,
eso es todo.
Algo sé de cierto.
No estaré solo en mi condena,
millones más están implicados en el complot,
y el interés de las mayorías
prima sobre el de las minorías privilegiadas;
esa es la consigna de la democracia.
¡Una mentira alentadora!.
No soy bueno o malo,
justo o injusto;
soy sólo un hombre.
Que venga pues lo que ha de venir,
porque estoy dispuesto a asumir mis pecados,
y porque estoy harto de esperar el fin.